Cayetana Salao: “El teatro drag me permitió reconciliarme con mi feminidad”

La dinámica de control que ejercieron las autoridades escolares sobre mí, duró hasta que me gradué.
07 de enero de 2021 00:00

Cayetana es parte de Taller de Comunicación Mujer, una organización que visibiliza los diferentes escenarios que enfrentan las mujeres lesbianas y bisexuales en el país.

En esta entrevista se abordan temas como  su niñez y sus primeras experiencias artísticas. Estas experiencias se han transformado en aprendizajes que Cayetana fusiona con análisis sobre derechos humanos que difunde a través de Taller de Comunicación Mujer.

 

Tu nombre, Cayetana, me llama la atención. ¿Cuál es su historia?

 

Mi nombre lo llevaba mi bisabuela paterna llamada Cayetana Niama. Su padre, mi tatarabuelo, vino a Riobamba huyendo de las caucheras de Manaos y por eso mi apellido es Salao.

Mi madre es de Bélgica, se conoció con mi padre en el extranjero y fueron a residir  en una parroquia de Riobamba, Yaruquíes. Ahí nací y residí hasta los once años, época en que mi padre falleció y migré con mi madre y mi hermano menor a Quito.

 

¿Cómo fue tu infancia en Yaruquíes?

Riobamba y Cuenca se guían mucho por el linaje de los apellidos y el origen de las familias a través de un racismo bastante arraigado que sí nos afectó como familia y nos sigue afectando. Mi madre, por ser extranjera, fue discriminada. Sin embargo, con mi hermano y mi mamá hemos logrado crear un entorno de apoyo mutuo.

 

Cuando eras niña, ¿cómo se presentaron ante ti estos cánones culturales tan arraigados?

 

Si tenía que ir disfrazada a la escuela, yo elegía atuendos sencillos que eran cambiados por mis profesoras, quienes me maquillaban contra mi voluntad. Desde mi punto de vista, esto encierra mucha violencia porque no se respeta la decisión estética de la niñez y termina imponiéndose la cuestión cultural que apega dicha estética al binario hombre/mujer-masculino/femenino.

 

¿Cómo fue el resto de tu infancia cuando llegaste a Quito a los once años de edad?

 

Llegué a Quito a terminar la escuela primaria y para mí fue un cambio bastante drástico. Yo venía de una parroquia rural y provincial donde la estética y los roles de género que se asocian con la vestimenta no tenían mayor importancia, a menos que se tratara de alguna festividad especial. Sin embargo, cuando llegué a Quito, me di cuenta que todos estos cánones eran  determinantes y yo no calzaba en ellos. A mí me gustaban los deportes, especialmente el fútbol, subir a los árboles, andar con licra y no con falda. Estas preferencias no encajaban en lo que en la escuela esperaban de una niña y estuve bajo constante observación y vigilancia de las autoridades.

 

Con estas vivencias en la escuela primaria, ¿cómo fue para ti la secundaria?

 

La dinámica de control y observación que ejercieron las autoridades escolares sobre mí, duró hasta que me gradué del colegio y a ratos se tornaba más hostil. Llamaban a mi madre al colegio para decirle que mi comportamiento y mi corte de cabello no eran los adecuados. A mi madre le agradezco su apoyo y el haberme proporcionado las herramientas para decidir y asumir las consecuencias de mis actos en un entorno social cargado de prejuicios y estereotipos.

 

¿Qué búsquedas tuviste después de terminar la secundaria?

 

Lo básico fue buscarme a mí y así fue cómo conecté con el arte desde la confección de artesanías. Gracias a mi afición por el fútbol logré una beca e ingresé a la Universidad Católica de Quito, donde conocí a gente ligada al teatro y al teatro drag. El teatro me sirvió para hacer un trabajo corporal encaminado a sanar las heridas que las niñas sufrimos en un entorno que nos violenta desde nuestra condición. A partir de allí, con el arte, el performance y mis personajes busqué crear mensajes para que otras mujeres también puedan tomar sus propias decisiones, independientemente de lo que una sociedad monologal impone.

 

¿Qué procesos de aprendizaje aportó el teatro drag en tu formación personal?

 

El teatro drag me introdujo en personajes masculinos y entendí las lógicas masculinas y femeninas, su forma de actuar y sus motivaciones. Confirmé la teoría del género performativo de Judith Butler que afirma que los seres humanos hablamos, caminamos y actuamos de maneras que consoliden la impresión de ser de un género u otro. Esta teoría la comprobé teatralmente en el ejercicio del cuerpo: con ciertos ejercicios se logra una corporalidad masculina; por el contrario, si se trabajan otras partes del cuerpo, se logra una cadencia y movimientos femeninos.

En el teatro drag, yo personificaba al típico macho vacilón y de la calle y ahí entendí que esas conductas se aprenden. No se justifican diciendo “perdí la cabeza y por eso la golpeé y por eso la maté”. porque hay hombres que han aprendido de las construcciones que se crean a partir del machismo y de  la violencia. Por eso hay quienes dicen que de la violencia se aprende más que del amor, porque los traumas que deja la violencia son muy profundos.

En mi caso, con el teatro drag logré entender cómo se ejercita un cuerpo para ser de determinada manera, cómo se trabaja en un personaje para que actúe de cierta forma. El trabajo drag me llevó a entender que es la voluntad humana la que decide que un individuo actúe o no como un imbécil. Esos aprendizajes los sigo transformando en nuevos conceptos y en análisis técnicos que realizo ahora en cuanto a defensa de derechos humanos.

 

¿Qué descubriste sobre tu cuerpo con el teatro drag?

 

Al lograr un masculino casi perfecto, que a más de sus expresiones y sus movimientos incluía introducirme en su forma de pensar, comprendí mi feminidad y me reconcilié con ella. Viví el proceso de amar mi cuerpo de mujer y dejé de molestarme y preocuparme por mancharme durante los días que menstruaba y admití que está bien sentirse débil y cansada durante ese proceso.

Me di cuenta que en mí existía prejuicio sobre mi feminidad y empecé a valorar  que las mujeres tenemos mucha fuerza física y que somos capaces de aguantar dolor intenso por mucho  tiempo. También descubrí en mi interior otras mujeres y otras voces y eso ha sido para mí increíble, gratificante; ha sido un regalo. Por último, me ha permitido conectarme con el poder y el valor de todas mis abuelas, de todas mis ancestras, de toda mi sangre y eso abrió en mí otras perspectivas y otras fortalezas que desconocía y que actualmente me facilitan mirar la vida de forma más libre y auténtica. 

 

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