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Ecuador/Mar.30/Nov/2021

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Andrea Rojas Vásquez: “Escribe como niña”

La lojana Andrea Rojas Vásquez conquistó el Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño en su XIV edición. Ochenta poetas de 22 países se dieron cita este 2021. Victoria Vaccaro García, Sandy Vallejo Sánchez y Sara Montaño recibieron menciones de honor.
09 de noviembre de 2021 11:16

Llámame Ismael, suscrito con el pseudónimo de Almendra White conquistó al jurado “por su gran imaginación, por su intertextualidad y por su humor desmedido y acertado. [La autora] ha creado un mundo muy personal que entabla diálogos con diversas latitudes y culturas del mundo. Un conjunto de poemas que va en sintonía con la nueva poesía que se escribe en nuestro continente”, según reza el veredicto.

A sus 27 años, la joven poeta da clases de Lengua y Literatura a niños y jóvenes del Colegio Cordillera en Loja. “Hay una parte lúdica y emotiva imprescindibles. Nuestro reto es promover entre los niños el amor por las letras,” señala.  

Muchos de los poemas que aparecen en Llámame Ismael están en su segundo libro, Llévame a casa, por favor. Se prevé que hasta diciembre de este año, la Casa de la Cultura Ecuatoriana - sede Loja, lo publique. La editorial LIBERO, de España también publicará el libro y distribuirá a un público más extenso de lectores de habla hispana entre España y Latinoamérica.

El Telégrafo conversó con Andrea respecto de este momento de su vida al que llama “de luminosidad”.

Para el concurso de poesía todos los escritores y las obras usan pseudónimos, de tal manera que el jurado, integrado, en este caso, por Fernando Cazón Vera, Siomara España y Mariella Manrique valoran estrictamente la obra. En tu caso, denominaste a tu texto “Llámame Ismael”.

¿Es una referencia al inicio de Moby Dick, la novela de Herman Melville?

 En efecto, en la obra hay una mención constante al mar, a lo líquido. Podría parecer una ironía que una chica de la Sierra convoque de esta forma tan persistente al mar, pero tal vez es una forma de pensar en el deseo y la búsqueda.

 En tu primer libro, Matar a un conejo, tú haces un tejido en torno a la ternura, el humor y el juego desde la infancia.

En este segundo libro hay un relato poderoso a lo que significar crecer; tal vez desde las carencias y los dolores, pero ¿vuelves a la misma etapa vital?

 Sí. Cuando era niña escuché muchas veces la frase “cuando los adultos hablan, los niños callan”. Siento que escribir, que tomar la palabra es un acto profundo de desafío contra esa adultocracia. Cuando vi el alfabeto por primera vez me enamoré de él. Siento que quise aprender a leer para acceder a ese código.

Sigo planteando de manera abierta mis cuestionamientos a lo que significa ser adulto. Hoy soy un adulto y, por supuesto, me lo cuestiono a mí misma. Los versos bien podrían entenderse desde un “escribe como niña”.

 

 ¿Cómo te sientes?

 Uf, me siento con los ojos chinitos y felices. Siento que el lenguaje me cobija y abriga justo en el momento en que enrostro con más entereza la adultez y la escritura. Durante muchos años he sentido mi cuerpo como una casa donde me deslizo en puntillas, pero hoy siento que camino con un indicio de certeza y que me fortalezco de formas insospechadas, quizá sea porque para mí la escritura es el lugar de la valentía. Siento que me encuentro desafiada a ser fuerte y quiero entregarme arduamente a la búsqueda del pensamiento. Me siento afortunada, me siento sedienta, me siento hambrienta, me siento deseante y mi pasión me pide que haga de la palabra un cuerpo desmembrado y a la vez vivo. Me siento abrigada y ante tantos afectos que se agolpan en mi pecho ahora mismo, ardo y vivo.

Por otra parte, tengo claro que obtener un premio no es el fin. Lo importante es la pasión con la que se dispongan nuestras manos ante la tarea de la creación, y, sobre todo, la meticulosidad y la obstinación con la que se hagan las cosas día a día.

¿A quién agradeces?

 Estos años recientes tengo la impresión de que todo el tiempo estoy agradeciendo. Una vieja amiga suele decir que ya solo me falta agradecer a mi shampoo. Dejar de decir gracias me resulta imposible. Agradezco la vida que en su desmesurada complejidad me permite ver instantes cálidos y amables. Ahora, con la noticia del Premio Nacional Ileana Espinel Cedeño, necesito decir gracias especialmente al equipo del Festival Ileana Espinel Cedeño en su XIV edición, a la editorial El Quirófano, por supuesto a Augusto Rodríguez.

Gracias a los artistas del Laboratorio de Autores Contra el Terror en Argentina: Florencia Piedrabuena, Walter Méndez, Mauro Cuello, Agustina Pozzi, Melina Agostini e Inés Terza; pues, ellos son un espacio seguro para construir sin miedo a equivocarse, y pensar desde el acompañamiento y la resistencia.

Gracias a mi mamá, mi hermano y mis pequeños sobrinas y sobrinos.

Gracias a todos mis amigos escritores, sobre todo a Ale Oña, Edison Paucar y Frank Romero por las lecturas y las conversaciones compartidas.

Gracias enormes a la familia Jiménez que ha sido mi respaldo durante años, a Darío, Valentina y Jeremy Jiménez por sus risas locas y su presencia luminosa en mi vida. Gracias a Ari Herrera y Darío Macas, mis amigos eternos.

Gracias gigantescas a la comunidad lectora, amigos y amigos pues valoro cada lectura, palabra, mensaje o gesto que han acompañado mi camino.Agradeces a mucha gente.

 Siento que sin toda esa comunidad y abrigo no lo habría logrado.

 Hablas con mucha emoción de tu segundo libro.

 Llévame a casa, por favor ha venido tejiéndose con la mano de la memoria propia de la infancia y una mano que acaricia la adultez. Lo empecé en 2017 y en un inicio se llamó Carne de unicornio, pues hacía estudios dentro de un área técnica y mi idea, en ese momento, era cuestionar el sistema de producción cárnica y sostener una voz poética que se desarrolle entorno a la idea de la violencia. Naturalmente, las cosas, los tiempos, los pensamientos fueron mutando y con ello, no cambió solo el nombre sino el concepto.

Siento que Llévame a casa, por favor es un beso de agua tibia para todo aquello que en la infancia puede ser violento y doler. Sin duda, este libro es una indagación a través del cuerpo, la memoria y el descubrimiento de la muerte y el deseo. Mi cuerpo fue durante un largo tiempo un escondite, una casa donde lloraba hasta quedarme dormida. Es desde las ausencias, la pérdida y la más intensa desnudez que quise buscar mi casa en el cuerpo de los otros. Llévame a casa, por favor es cerrar los ojos y desear que el día se disipe con la imagen vaporosa del mar o con el agua de la ducha. Es querer hacer de la piel un papelito arrugado y después de que todo embiste, mirar con inmenso amor a los niños que fuimos, y decirnos: tienes derecho a llorar, a nombrar, a sentirte vulnerable, tienes derecho a habitar tu cuerpo, tienes derecho a permitirte continuar. Estoy segura de que quien se acerque a estas páginas encontrará su propia sed incendiada ante la extrañeza de la vida.


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