Alicia Yánez Cossío: "Prefiero la paz a cualquier otra cosa"

- 13 de noviembre de 2019 - 18:18
Foto: Álvaro Pérez / et

La escritora quiteña cumplió 91 años el pasado septiembre. Ahora vive en Píntag junto con su nieta, le gusta beber Coca-Cola y planea criar un bonsái

Su nombre es Alicia Yánez Cossío y, como a muchas escritoras les ha pasado, tuvo que construir con ingenio, con esfuerzo adicional, pero sin atisbos de queja, su pequeño fortín para existir.

Su cuarto propio fue un armario de su casa que mandó a forrar de corchos para que el sonido del teclado de la máquina de escribir no se permeara en el hogar, pero, sobre todo, no llegara a los oídos de su esposo Luis Campos que, aunque nunca le recriminó y siempre la apoyó en su carrera literaria, sentía un cierto halo de incomodidad al notar cómo el nombre de esa mujer llamada Alicia empezaba a crecer sin domesticación, descontrolada-mente, desde que publicó Bruna, soroche y los tíos (1972), su primera novela, que fue elogiada por la crítica y que ganó el Premio Nacional de Novela convocado por el diario El Universo.

Su nombre fue una rareza en el medio literario de Ecuador de las décadas de los sesenta y setenta, cuando el panorama letrado del país estaba saturado por figuras e instituciones culturales exclusivamente masculinas. Alicia, sin embargo, sin proponérselo, más bien aislada en el fuego del hogar, acompañada de sus cinco hijos, se convertiría en una de las voces narrativas más prometedoras de la literatura regional, lo que la llevó a recibir distintos reconocimientos, como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz —recibido por la novela El Cristo feo—, en 1996, convirtiéndose en la primera y única ecuatoriana en alcanzar esta distinción.

Autora de doce novelas, más otros libros de cuentos, poesía, teatro y literatura infantil, Alicia ha hecho en su ficción una radiografía del reaccionario y asfixiante comportamiento de la sociedad ecuatoriana. Para ello se ha valido de personajes femeninos de una feroz rebeldía y de la historia colectiva y religiosa del país.

La escritora quiteña cumplió 91 años el pasado 10 de septiembre y ahora vive junto con su hijo Luis Miguel Campos y su nieta Baltasara, a quien cariñosamente llama Maíta, en la parroquia de Píntag, en una casa de campo rodeada por siniestras y abundantes nubes, perros que no le gustan, gallinas y cultivos de maíz, habas, lechugas, rábanos y achogchas.

La autora de obras como Yo vendo unos ojos negros, Más allá de las islas, La cofradía del mullo del vestido de la Virgen Pipona, Sé que vienen a matarme, Y amarle pude... o Esclavos de Chatham se siente, a veces, aturdida de tanta calma que la rodea, una que no existía cuando hace cinco años aún vivía en el sector de La Floresta.

Vestida con una holgada blusa floral y un cómodo pantalón de calentador, Alicia confiesa, entre sorbos de una Coca-Cola al clima, que le gustaría criar un bonsái y, quizás, seguir escribiendo.

Durante la entrevista, Baltasara filma a su abuela para un documental sobre su vida que está en proceso. Su nieta, además de hacerle compañía, también la apoya para reeditar a través de una editorial propia toda su obra. Empezarán con su última novela, Memorias de la Pivihuarmi Cuxirimay Ocllo (2008).

Alicia Yánez Cossío tiene la voz levemente rocosa, la picardía de una niña curiosa, el pelo cenizo ensortijado y liviano, los ojos ligeramente delineados y la memoria, la que importa, indemne.

Alicia Yánez Cossío:

¿Desde hace cuánto no escribe?
 -No escribo desde que estoy aquí porque extraño el balcón que tenía en La Floresta, con una gran vista de la ciudad, que podías coger a todo Quito (abre las manos como si agarrara el mundo). Me hace falta algo de horizonte, pero ya voy a solucionar eso; haré una escalera por aquí y otra por allá para tener vista.

¿Extraña mucho la ciudad?
- No la extraño tanto, pero tampoco me gusta el campo, la soledad, la tranquilidad. Eso no. Lo que sí me gusta es la tierra, mis manos metidas en la tierra. Qué mala crianza tengo, ¿no?

¿Ha planeado regresar a Quito?
- Sabes que mi gran problema es que no hago planes.

Eso puede ser maravilloso...
- No creas. No es tan maravilloso, a veces te das la cabeza contra una pared, ¿sabes? Estoy pensando que es necesario que empiece a vivir de mis obras y la persona que está aquí presente se va a ocupar de esto (mira con complicidad a su nieta).
Esa es la única forma, porque mi pelea con las editoriales ha sido bárbara. Solo me he peleado con dos, pero siempre me han maltratado en el sentido de que todo es para las editoriales y nada para el escritor.
Voy a retomar la escritura con tu ayuda, Maíta. Ella me va presionar.

¿Qué está pensando escribir?
- No sé. A uno le llama mucho la atención las plantas, las gallinas, las hierbas malas que hay por acá.

¿Por ahí irá la historia?
- Quizás...

¿Recuerda con claridad la infancia?
- Sí, tuve una infancia muy feliz. Era un poquito hombruna, me gustaban las aventuras, cosas así, nada de niña buena. En el colegio era una maravilla, me expulsaron cuatro veces porque era bien malcriada, insoportable.

¿A qué se debía esa actitud?
- Era un rechazo a todo lo que estaba viviendo. Desde muy joven había cosas que no entraban dentro de mí y peleaba contra eso. Gracias a Dios tuve una mamá muy comprensiva y una cantidad de hermanos (diez) con los cuales se peleaba lindamente.

¿Contra qué peleaba?
- Desde la primaria estuve en colegio de monjas, en los Sagrados Corazones, entonces la cuestión religiosa desde que tenía uso de razón me molestaba, me chocaba y mi mamá influía un poco en eso. Mientras en todas las casas se rezaba el rosario a determinada hora, mi mamá rabiaba y decía: "Qué cosa más estúpida, pobre Virgen, cuántas avemarías en el mundo tiene que estar oyendo esa pobre criatura".

Pero usted no es atea...
- No lo era ni lo soy ahora; nada de religión, pero sí tengo un sentido de lo religioso, de lo espiritual; no puedes
vivir sin eso, sin la creencia en un ser superior que ayuda.

¿Le ha ayudado mucho?
- Sí, aunque a veces se ha hecho el desentendido...

¿Usted reza?
- No, detesto las avemarías. Sin embargo, el rezo, para mí, ha sido como una forma de conversación.

¿Cómo llegó a la lectura?
- Mamá leía, pero digamos, muy poco. Pobrecita, con diez hijos ¡¿cómo iba a hacer?! Quien compraba libros era mi papá, aunque leía poco. Pero tenía esa cosa de acumular libros. Compraba del gusto de él, como Dumas padre, hijo y todo lo relacionado con ellos. Leí todo lo de Julio Verne, aunque esa ya fue cuestión mía.

¿Cómo llegó a Verne?
- Quizás por el afán de aventura.

¿Y a la escritura?
- Esa inmersión en la literatura fue entre los 12 y 13 años. Cuando estaba en el colegio me inventé a mi abuelo. Me moría de ganas de que mi familia tenga un abuelo, una abuela, algún vejestorio, y me inventé uno. Yo le escribía cartas a ese abuelo y todos creían que era de verdad, que él vivía en África, que era un gran aventurero, cazador de animales fantásticos.
Este abuelo influyó en la vida de mi familia, en la mía, a tal punto que un día amanecí llorando y se me ocurrió decir que él había muerto.
Esa noche cantidades de gentes fueron vestidas de negro a darle el pésame a mi madre ¡Ay, esas cosas que una se inventa a esa edad!

¿Ahí arrancó con la escritura?
- Sí, yo encontré esa cosa de escribir que equivale, casi, casi a vivir otra vida. A una vida que tú te fabricas, a una vida que tú quieres. Desde la época de mi abuelo ya sabía que mi fin era escribir. Cuando yo le escribía a él yo sí me sentía feliz.

Alicia Yánez Cossío:

¿Cómo fue haber crecido en un entorno religioso muy fuerte y una ciudad muy conservadora?
- Con un rechazo completo a todo. ¡Ay, la Iglesia, qué metiche y estúpida ha sido toda la vida!

¿No cree que haya cambiado algo?
- Aunque quisieran, no les dejan. La gente que se crió en eso no va a cambiar, es una bola inmensa contra la cual no se puede pelear. ¡Que hagan lo que les dé la gana.

Usted estudió periodismo en España. ¿Cómo le fue?
- Me dieron una beca para ir allá. No fue muy interesante, oye. Culturalmente yo tenía más ambiente aquí que en España. Pero allá conocí a quien sería el abuelo de esta niña (Maíta), que tenía una personalidad que me cambió totalmente. Era de una cultura extraordinaria, nunca me había topado con alguien tan culto, sabía de todo (Luis Campos era profesor universitario).
Un día me dijo: "Tu conocimiento en literatura francesa es vergonzoso, te doy tres meses para que te pongas al día". Era como un maestro, en el fondo eso me gustaba porque nunca había tenido eso.

¿Cómo fue su relación con él?
- Era un hombre difícil, de una cultura demasiado amplia, muy parecido a tu padre, Maíta, y mandón. Entonces llegó un momento en que mi nombre empezó a crecer y crecer, pero el de él no crecía, y eso no le gustó, lo que a mí me puso rabiosa. Hubo una época en la que escribía a escondidas.

¿Por temor a que se acabe todo?
- Por esa cosa de que yo prefiero la paz a cualquier cosa. No me gusta llevar la contraria a determinadas personas. Crecía mi nombre, pero el nombre de Luis Campos, que era un excelente profesor de la universidad, no tanto. Naturalmente eso no le gustó. No me decía, pero se sentía en el ambiente. Para mí la escritura es mi vida y buscaba formas de escribir; me hice un cuartito en un clóset. Entonces mandé a forrar las paredes con corcho para que no salga el ruido de la maquinita de escribir. Me aislé rotundamente, entonces en mi casa les decía: "Ya vengo, me voy a visitar a mis hijas, a mis amigas". Y me daba la vuelta y me metía en mi cuartito a escribir. ¡Qué forma de escribir bastante! Yo lo tomé como aventura.

Ustedes también vivieron en Cuba...
- En Cuba yo pasé de maravilla porque comenzaba la Revolución, fue extraordinaria, maravillosa, porque sobre todo se trataba de derrocar a Batista, que era un ignorante, un hombre tosco, un sargento, y apareció entonces Fidel (Castro).

¿Cómo vio la Revolución?
- En ese momento la vi como la solución a todos los problemas y, sobre todo, como una respuesta a las preguntas de lo que es la masa, el pueblo, pero cambió luego. La gente que no estaba figurando quería figurar. Cualquier persona con un poquito de sensibilidad estaba a favor de Castro, en el sentido de que Estados Unidos intervenía mucho y había que limpiar cosas.
Pero después todo fue demasiado impositivo. Aparecieron esas cabecillas con ansias de poder.

¿Se considera de izquierda?
- La izquierda de Ecuador es tan antipática; con un afán de figurar. La izquierda de aquí no me gusta, siempre está en busca de poder.

¿La maternidad siente que le afectó a su escritura?
- No, tal vez no. A mí me llenaron completamente mis hijos. Se me dificultó la escritura, pero no precisamente por los hijos, ¿sabes? Tuve suerte con la crítica y con mi manera de ser, que no busco pedestal. La crítica siempre fue amable conmigo, desde el primer libro; eso no me esperaba. Creo que era cuestión de mi carácter, no me imponía, eso me ayudó mucho.
Empecé con poesía, Luciolas, y después otro de poesía, hasta que llegué a la novela.

Alicia Yánez Cossío:

¿Cómo vivió el entorno cultural ecuatoriano?
- Muy apartada. En realidad yo me apartaba, no me gustaban los escritores. No era fácil, oye, porque te digo, había veinte, treinta escritores y yo solita, no me sentía bien. El escritor se reunía con escritores hombres, y cervecita va, cervecita viene; en esa cosa no cabía una mujer.

¿Recuerda el nombre de alguna escritora con la que se llevó?
- Estaba Laura Crespo, que no era escritora, sino bibliotecaria, ¡y cómo me ayudó! Había muchas mujeres que me ayudaban. Pensar que Laura, que dominaba la Casa de la Cultura, nunca llegó a ser su directora...

¿Recuerda a Lupe Rumazo, que es de su generación?
- Claro, pues. Pero casi no estaba nunca. Linda persona, pero así para tener una fuerte amistad no, ella estaba más en Venezuela. La conocí esporádicamente, era estupenda.

¿Ha tenido escritores de cabecera?
- (Hace una pausa larga) Lo que sí tuve es la biblioteca personal más grande de la ciudad (cerca de 50 mil libros), pero no era mía, sino de mi esposo, la más completa de Quito. Era una biblioteca gorda, buenísima. Y para entrar ahí se pedía permiso.

¿No tenía una biblioteca propia?
- Sí, pero la mía era para prestar. Te gusta un libro y quieres que todos lo lean, así de sencillo.

Algunas de sus obras abordan la vida de mujeres esenciales, como Dolores Veintimilla o Cuxirimay Ocllo, ¿por qué ha sido así?
- La vida de Dolores... qué dura, qué triste. Yo me metí con ella por solidaridad. Qué pena de mujer. Y no sé, a veces empiezo a escribir una cosa y termino haciendo algo totalmente distinto. La otra vez estuve leyendo el primer título que tuvo la Virgen Pipona y era La Cofradía del mullo del vestido de la Virgen Pipona. En un comienzo la novela giraba alrededor de un mullo que se perdió y que estaba por ahí, botado en un confesionario, y mira en qué acabó.

¿Qué le afectó tanto de la vida de Dolores Veintimilla?
- Que era una mujer con tanta posibilidad y no tuvo ayuda de nadie, más bien su marido se pasaba viajando de aquí para allá y ella en esa soledad tan grande. A ella le hizo falta una amiga, un amante, una vida como la mía, muy cerrada. Ella se enfrentó a gente tan curuchupa. Por cierto, ¿sabes cuántas novelas he escrito? Esto es interesante. Te agradecería que anotes. No hay ningún autor en Ecuador que haya escrito 12 novelas.

¿Cuál es la novela que más le gusta? 
No te hablaría de gusto sino más bien de cariño. Bruna... por lo que me abrió las puertas. La Pipona y la de Santa Mariana de Jesús (Aprendiendo a morir) me gustan mucho.

¿Y qué novela siente que le ha traído más problemas?
- La de García Moreno (Sé que vienen a matarme). Yo escribí la vida de él y me inspiré en el libro de Benjamín Carrión, El santo del patíbulo. Y aparecieron tantos malos comentarios, me dijeron que no había investigado mucho. Pero qué me importaba, ya estaba hecha la obra. Sin embargo, en el momento en que se hace película, ¡Dios mío, qué horror! Fue terrible, oye. Empezó una serie de, yo diría, calumnias. Nunca había vivido eso antes, nunca me había sentido no querida.

Alicia, cuya memoria de largo plazo, la fundamental, es más vigorosa que la inmediata, se queda callada por un momento y regresa hacia una anécdota de cuando la expulsaron del colegio. Había visto una pequeña ventana que daba hacia unas escaleras que conectaban el patio de su escuela con la terraza, y no se resistió. "Veía las graditas que me decían 'súbeme, súbeme'; y me subí y me topé con un espectáculo maravilloso, se veía todo Quito", dice con la voz orgullosa, vital. (I)

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