Visitando nuestros clásicos

13 de marzo de 2011 - 12:35

El proceso escriturario demanda cercanías con la realidad que vive el autor. En el caso de Demetrio Aguilera Malta (1909 -1981), asistimos a un momento fundacional. Transcurrió mucho para que un puñado de autores coincidiera en la reflexión sobre lo popular. Hay una intención de adentrarse en las raíces de la sabiduría popular y por ubicar, aunque suene a lugar común, los pies sobre la tierra. Significó abandonar el acentuado aburguesamiento de nuestros productos literarios. Como si por primera vez un puñado de autores mirara el lugar en que escribían. La consigna: no importar lenguajes y crear una subjetividad costeña.

El caso de Aguilera Malta se reduce, en el imaginario colectivo, a la temática del cholo de la península y el Golfo de Guayaquil. En realidad se evidencia como inmanente en la literatura de Aguilera Malta una intención de ocuparse, también, de la crónica y de la novela americanista.

Pruebas al canto, para el primer caso, Madrid: reportaje novelado; y para el segundo, Canal Zone. También están sus relatos de largo aliento de inspiración histórica, como La caballeresa del sol (el gran amor de Bolívar). Aunque se presentan como novelas, si nos acercamos a sus páginas, veremos que algo en ellas es distinto a su narración más conocida. Y para quienes gustan del cine, deben saber que Aguilera también incursionó en la escritura de guiones y, cómo no, empezó escribiendo poemas (ahí están Primavera interior -a dúo con Jorge Pérez Concha- y El libro de los mangleros).

Pero el cuento manifiesta al creador poderoso y en constante búsqueda de un decir propio. Ahí está Los que se van (cuentos del cholo i el montuvio), escrito por varias manos: Enrique Gil Gilbert, Joaquín Gallegos Lara y nuestro Demetrio Aguilera Malta. No lo volveremos a leer en cuento, sino en novela, género al que volcó mayores esfuerzos.

Imaginemos esos años. Si en Guayaquil teníamos tales plumas (falta a la nómina Alfredo Pareja Diezcanseco), en Loja estaba Ángel Felicísimo Rojas, el también lojano Pablo Palacio escribía en Quito, como los capitalinos Jorge Icaza y el “mono” Humberto Salvador; en Cuenca se hallaba Alfonso Cuesta y Cuesta. Redactan, en conjunto, la partida de nacimiento de esta nueva literatura en que puede reflejarse el país diverso.

Aguilera Malta no nos presenta postales costumbristas (a propósito, pintó durante toda su vida adulta). Se acerca en su quehacer literario al rescate de la oralidad. En “El cholo que se vengó”, Melquíades regresa, después de abandonarlo todo (casa, madre, etc.) para enterarse de que la mujer que le juró amor eterno ya es de otro. Claro que antes ha conocido algo de mundo; y ve que la mejor venganza es dejar a su Andrea con Andrés -con quien tiene palizas diarias y miseria-. El narrador matiza las líneas del cholo Melquíades con descripciones del entorno costero. Desde ese inicial “Tei amao como nadie, ¿sabés vos?”, pasando por la breve narración de los hechos, nos inserta en su mundo de manglares y arenas espumosas. “El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros (…) Tei hallado cambiada (…), dice Melquiades. Estás fea, estás flaca, andas sucia, ya no vales nada. Solo tienes que sufrir viendo cómo te hubiera ido conmigo y cómo estás ahora (…) Y anda, vete, que sinó tendrás hoy una paliza”.

Cuentos donde se desarrolla una técnica mixta, con diálogos mediante los que conocemos a los personajes mejor que con cualquier descripción. Con imágenes casi poéticas: “cuando salen los cangrejos a celebrar sus raras fiestas nupciales. Cuando los ostiones se ponen tristes. Cuando los mangles inclinan sus frondas venerables”/ “Oscurecía. Se empinaban los manglares. Callábanse las islas”.
Relatos en los que se perfilan esos personajes que se dibujarán mejor en su narrativa extensa. Y también es visible el cambio de planos, como en “El cholo del tibrón”. Melquíades confiesa a su esposa Nerea que él mató a su amor de juventud, presa de los celos y del odio, para quedarse con ella. Y a continuación, leemos que Melquíades enloquece y se sumerge en las aguas, llamado por el tibrón, así como años antes parecía que el ruido provocado por él era producido por el escualo comedor de hombres.

En “El cholo que odió la plata” el tema es el de las ventajas que en cada situación sacan “los blancos”. Este reúne suficiente dinero y es quien empieza a abusar incluso de todos, de la confianza y de la hija de su antiguo amigo. Por tanto, se desplaza la culpa al dinero.

En “El cholo de las pata e mulas”, la acción se restringe a favor de la fuerza dramática y la pasión. Mamerto reniega de su nombre y no puede hacer suya a la bellísima Nica. Desde que la vio bañarse desnuda y mojando su cuerpo con un matecito hasta que después de ello, la desnudaba a diario con la mirada y se le acercaba con la intención de “pulsarla como guitarra de carne” y para decirle que la quería. Hasta que ella decidió irse y Mamerto quedó, “pobre cholo amasado con tragos de aguardiente”.

Los cuentos de Aguilera Malta, ocho en total, nos hacen extrañar la escritura de tal género en su obra posterior. En cuanto a la novela, prefiero detenerme en Don Goyo. Recordemos que en el caso de Siete lunas y siete serpientes, parte de los estudiosos de literatura han querido ver un deseo en Aguilera Malta por sintonizar con el momento de su edición (boom latinoamericano) y surgen las voces que ven la incorporación de lo real maravilloso y el realismo mágico. Pero en Don Goyo estamos ante la exaltación del espacio y su habitante. El contexto físico hace nacer a un hombre consiguiente, coherente. Don Goyo, apreciado por todos, muere y ni siquiera es velado. Incluso se medita sobre la conveniencia o no de atentar contra la naturaleza:
-Sí, Gertru. Era el hombre más bueno que he conocido. Y qué hombre. Fíjate que, siendo tu padre, sus tataranietos parecen hermanos tuyos.

-De verdad.
-Y lo que ha pasado por querer cortar el mangle…

Es que, según la novela y menos mal que lo constatamos hasta ahora, el manglar es el hogar de los jejenes, los caracoles, las arañas, los camarones brujos y sinbocas, la concha prieta y el cangrejo.

Guayaquil, perla con imperfecciones (Lestón y Cusumbo coinciden en que “esto debería llamarse Puerto Hediondo y no Puerto Duarte”). Lugar de paradojas, pues es el lugar que puede conferirles oportunidades, pero al mismo tiempo es la ciudad eje reproductor de los modelos económicos y sociales de la gente explotadora. Ahí se mueven los engranajes que hacen visible el contraste entre civilización y barbarie.

La crisis económica no es algo nuevo. La queja de don Carlos es que ya nadie en Guayaquil quiere leña y, si llegara a comprarla, el dinero no basta ni para el envío. Lógicamente, las necesidades eran otras y hablamos de una especialización en el trabajo que se dirige a otros campos de explotación.

Impresiona la profusión de palabras extraídas del mundo “choluno”: buscar conchas es marisquear, el plátano es el barragano, lo pequeño es, para el cholo, chocorronito, bogar es barquiar; en fin toda una serie de términos comunes entre los habitantes de las islas. La importancia que tiene la sangre es general a la percepción humana de estos personajes; un hombre propaga su semilla, como en el caso de don Goyo (con ña Andrea y después con la Márgara), y a su vez la Gertru (hija de don Goyo) hace lo propio con Cusumbo, a quien sigue casi sin voluntad al final de la novela.

Pensemos un poco en esto: la ficcionalización de la historia no está lejos de su contraparte, la historización de la ficción (ya lo dijo Paul Ricœur).

¿Qué es lo que propaga la semilla de don Goyo, si no la memoria? En sus búsquedas, Aguilera recurre no solo al habla del cholo, sino a sus lugares recorridos, al refranero, a sus usos, a los objetos y las herramientas de su trabajo, a lo que Bourdieu llama el habitus de los habitantes de las islas del golfo. La novela de Aguilera está también en un dilatado etcétera que espera una edición definitiva y comentada de sus obras.

En fin, Aguilera Malta está ahí, en nuestras bibliotecas, para ser escrutado y mejor leído que en este acercamiento inicial. Lo demás está en nosotros, en ustedes, en todos.

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