Reflexiones y espejismos de Juan Valdano.

20 de marzo de 2011 - 00:00

Como volumen tres de Prole del vendaval: Sociedad, cultura e identidad ecuatorianas (AbyaYala, Quito 1999, 415 pp.) Juan Valdano nos hace llegar La selva y los caminos, 38 reflexiones sobre la realidad ecuatoriana (Ministerio de Cultura, Quito, 2011, 237 pp.) y Los espejos y la noche (Academia Ecuatoriana de la Lengua, colección Horizonte Cultural, Quito, 2010), títulos de tesituras distintas, el primero sobrio, sostenido firmemente en la Historia, entre cuyas reflexiones cabe destacar “Identidad, alteridad y conflicto”, “El Estado es plural, la nación es diversa, el Ecuador es uno”, “El abigarrado rastro de la cultura nacional”, “Lengua, pueblo, nación”, “Un caos que funciona”  y “El descubrimiento de Europa y la revelación de América”; el segundo registra las distorsiones y espejismos, esas verdades otras que obtiene el historiador convocando al espejo para desentrañar la realidad poéticamente, es decir, más allá de la Historia.

Los lectores del historiador preferirán el primero; los que reconocen  y aceptan al escritor de ficción, apreciarán más el segundo. Yo me quedo con ambos porque “la realidad es lo increíble” –Clarice Lispector dixit- y “todo lo que inventamos es cierto”.

Respecto a esto, respondiendo a una pregunta, Valdano explica en Los espejos y la noche que: “Llega un momento en la memoria de la humanidad en que historia y mito se funden en una misma percepción del mundo. Cuando la historia es reciente, los hechos tienen un peso y una realidad tangible (…) la Historia da cuenta de ellos con precisión científica. Pero hay (…) aquellos que se hallan al origen de la formación de un pueblo, de una cultura. Son los mitos de origen. Hay otros (…) que habiendo ocurrido en una época  más o menos cercana (…) los recordamos con un halo de fantasía, de exageración (…) El pueblo se apodera de ellos y los mitifica”.

Brújula para bucaneros modernos (El Conejo, Quito, 2011) es el primer libro de Santiago Parra Alcívar, patrón de buques pesqueros, piloto de cabotaje y marino mercante, volumen integrado por nueve cuentos de dispareja calidad.

Llama la atención que su autor, hombre de mar –“yo fui pescador de atunes en el Pacífico, y luego marinero mercante más de quince años”, dice el personaje/narrador- no sepa que estando al garete no se va a ninguna parte sino adonde lleven al barco las corrientes marinas y que en el río no hay roncadores ni bufeos (delfines).

Vamos ahora con las defunciones. Primero las futbolísticas, tristes sí, pero menos que las otras. Hablo de Emelec y Barcelona, los dos equipos de Guayaquil, que casi nunca ganan en la altura (Quito, Ambato, Riobamba, Cuenca) y una que otra vez al nivel del mar como locales. He aquí, a la fecha, los partidos de ambos: Nacional-Emelec 2-0, en Quito; Barcelona-Deportivo Quito 0-1, en Guayaquil. A los dos les partieron la madre, con altura y sin altura. Estamos en la lona, dice alguien. En la recontra, rectifica otro. Es por la altura, protesta un optimista. Y así seguimos, folklóricos y mintiéndonos, justificándonos, como si nada, como siempre.

De las otras defunciones, hay los muy viejos y admirados como Antenor Yturralde Rivera, de más de 90 años. O los dolorosamente jóvenes, como Rodolfo Baquerizo Ycaza.

Caen como pinos en un juego de bolos los que son más o menos de mi edad. Los menciono como una cotidianidad, casi con envidia, buscándome en los obituarios, que ahora leo como si fueran la invitación a una fiesta a la que no quiero faltar.

A estos los nombro nada más: Emilio Soro, Fernando Tamayo, Carlos Ordóñez, Gastón Thoret, Luis Yagual, entre otros.

Por último Ella, que todo lo tuvo (Planeta, Bogotá, 2010) de Ángela Becerra, novela que se busca a sí misma a través de una escritora que no puede escribir y busca una historia que le contó su padre, acaecida en Florencia, pero está trabada, no puede escribir. Después de un accidente no tenía ninguna duda de la muerte de su marido, no así de Chiara, su pequeña hija. ¿Qué había pasado con su pequeña?

Un desconocido ve en los ojos de ella que en su interior carga una “inmensa cicatriz”. “Es lo único que me queda”, responde. “Pero aún no ha sanado, le supura”, advierte el hombre. “Póngale un parche, que por ese agujero se le puede escapar la vida. Y créame, quedarse sin vida y viva es lo peor que le puede suceder”.

La novela continúa: “En la pantalla apareció el rostro sonriente de Chiara. Sobre uno de sus iris destacaba la carpeta que contenía la novela (…) Allí estaba aún la última frase que había guardado la noche antes del accidente”.

La escritora comprendió, al fin, que la certeza de la muerte de su marido iba acompañada de la posibilidad de que su hija viviera y que vivía y estaba viva. Así, poco a poco, paso a paso, la novela que no podía escribir se convierte en  la novela que se está escribiendo, con toda su carga de sentidos.

Una buena novela que lastimosamente tiene algunos descuidos de lenguaje, como ese “volvemos a repetir” que suelta el narrador; esta inteligentísima observación: “el poema seguía y acababa con la  última estrofa” o esta tristísima elegancia: “los archivos de su memoria”, y una que otra bobería más.

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