Los narradores del 30 y la identidad guayaquileña

14 de agosto de 2011 - 00:00

Los narradores guayaquileños de la década de los años treinta del siglo XX son, sin duda, básicos en la búsqueda de nuestras raíces y en la modernización de nuestra expresión escrita.

En el primer aspecto, tres son los aportes del llamado Grupo de Guayaquil: El rescate del habla popular, El sustento en lo autóctono y El tránsito de lo rural a lo urbano (esto en tanto realistas sociales y como grupo. Dentro de un realismo de mayor espesor y apertura, Pablo Palacio, contemporáneo de ellos, fue siempre urbano).

Alejandro Moreano, agudo analista quiteño, enuncia los dos primeros puntos en los siguientes términos:
“La generación del 30 propició la producción de un lenguaje nacional y popular”  e “Inauguró la literatura nacional”.
Las conexiones del grupo con lo nacional son, entonces, la lengua –en el entendido de que esta es una modelización primaria del mundo- y la literatura, que es una modelización más compleja, más completa.

En este contexto, nuestros escritores del realismo social ubicaron primero su interés en el habitante del agro costeño, luego en el lugar que este ocupa en las relaciones de producción y, finalmente, en la ciudad, es decir, en Guayaquil. Este desplazamiento es nítido y se marca con los siguientes libros clave: Los que se van (1930), Los Sangurimas (1934), de De la Cuadra, que nos presenta al hacendado montuvio; Nuestro pan (1941), de Gil Gilbert, localizado en la producción y comercialización del arroz y Las cruces sobre el agua (1946), de Gallegos Lara, que es la novela de Guayaquil, de su conformación popular y del 15 de Noviembre.

A estos podemos agregar “El negro Santander”, cuento largo de Enrique Gil Gilbert que trata sobre los trabajadores de la construcción de la vía férrea Guayaquil-Quito, y las novelas El muelle –que aborda el tema de un vaporino (el que se embarca o mejor, se hace marinero, trabaja en un vapor) que emigra a los Estados Unidos- y Baldomera (1938) –cuyo personaje protagónico es una negra esmeraldeña emigrada a Guayaquil y el personaje adyuvante su marido montuvio-, ambas de Alfredo Pareja Diezcanseco.

Corresponde señalar ahora que en Los monos enloquecidos, novela inconclusa de José de la Cuadra, publicada póstumamente, el protagonista es también un vaporino, que en este caso regresa después de muchos años de navegar. También La Beldaca (nombre de una balandra cuyo desplazamiento de cabotaje es narrado por Pareja), es de tema marítimo. Agustín Cueva dice equivocadamente que La Beldaca  trata sobre “los barqueros fluviales de la Costa” (Lecturas y Rupturas, Planeta, Quito 1986).

De esta manera los narradores del Grupo de Guayaquil marcan varios de los factores que han contribuido a conformar la identidad de los guayaquileños. Parten del montuvio para subrayar después nuestra condición de agroexportadores y comerciantes, de habitantes de una ciudad de imigrados y vaporinos, de emigrados y nostálgicos.

Guayaquil, marinera desde sus ancestros huancavilcas, agroexportadora desde sus terratenientes montuvios (“los latifundios tradicionales, que pertenecieron a las grandes familias guayaquileñas se desintegraron total o parcialmente con la pérdida del cacao”, nos cuenta De la Cuadra), tiene, asimismo, otras influencias dentro de una identidad dinámica y cambiante, absorbente y transformadora: extremeños, andaluces y vascos en sus inicios españoles, los “peinaditos” –indígenas que en tiempos de la Colonia llegaban al puerto huyendo de las mitas y los obrajes, tratando de borrar todo vestigio de su procedencia-, los negros –cimarrones- de Esmeraldas, unos pocos esclavos de las grandes familias y de los jesuitas (El Chota), trabajadores jamaicanos que llegaron para la construcción de la vía férrea Guayaquil-Quito, años después, a la explotación inglesa del petróleo en la península de Santa Elena y, finalmente, las inmigraciones modernas, llegadas a cuentagotas, mayoritariamente de italianos, libaneses y catalanes, pueblos mediterráneos que se sumaron para subrayar nuestra vocación mercantil.

Guayaquil capital montuvia

Los escritores que más y mejor representan a la provincia del Guayas, a su capital y a otros sectores de la Costa, son los ya mencionados del Grupo de Guayaquil, que en 1930 irrumpieron en la literatura ecuatoriana con el volumen de cuentos Los que se van, textos que evidencian dos rasgos importantes: la predisposición y vocación narrativas de nuestra gente como factor identitario, por un lado, y la incidencia con su trabajo en el desentrañamiento de diferentes factores de la identidad regional, por el otro.

Ubicados en el realismo social, la prioridad temática de estos relatistas fue el habitante del agro costeño, es decir, el montuvio (del latín montis = montaña y vita = vida; así usaron la palabra los narradores de los treinta y así lo haré yo, sin admitir la b de burro que le ha impuesto la Academia); luego, el lugar que este ocupaba (ocupa aún, con los naturales desplazamientos) en las relaciones de producción y, finalmente, la ciudad, esto es, Guayaquil.

Este tránsito se marca con los siguientes libros clave: Los que se van (1930), cuentos de Demetrio Aguilera Malta, Joaquín Gallegos Lara y Enrique Gil Gilbert, centrados en el montuvio y el cholo del golfo como individuos; Los Sangurimas (1934), de José de la Cuadra, que nos muestra al hacendado montuvio en su dimensión clánica; Nuestro pan (1941), de Enrique Gil, que habla de la producción del arroz (base de la alimentación costeña) desde su cultivo y su cosecha hasta las piladoras y la exportación; y Las cruces sobre el agua (1946), de Gallegos Lara, que es la novela de Guayaquil, su conformación social y la brutal represión contra su pueblo el 15 de noviembre de 1922.

El autor de Los Sangurimas enfatiza también que el montuvio “es gente de confiar (…) capaz de engendrar el futuro”. Y que en Guayaquil –marinera y mercantil desde sus ancestros mantense-huancavilcas- es, por todo lo señalado, “capital montuvia”, desde “los latifundios tradicionales que pertenecieron a las grandes familias coloniales de Guayaquil, que se desintegraron total o parcialmente con la pérdida del cacao” –lo que condujo, podemos agregar, a la gran crisis económica, cuyo baño de sangre, el 15 de noviembre de 1922, narran Alfredo Pareja Diezcanseco en Baldomera (1938) y Joaquín Gallegos Lara en Las cruces sobre el agua (1946)- hasta llegar -con otras mediaciones y aportaciones- a los días actuales.

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