Espectadores, directores, críticos y académicos CUESTIONAN cada fotograma de factura nacional

La etiqueta del ‘cine nacional’ se cuestiona ante su autorreferencialidad

- 23 de octubre de 2014 - 00:00

Espectadores, directores, críticos y académicos CUESTIONAN cada fotograma de factura nacional

En Ecuador, a la generación literaria de la primera mitad del siglo XX le sobrevino una dicotomía que permeó su narrativa, su manera de contar y ver el mundo.

Por un lado, estaban los autores cuyo compromiso político hacía que sus obras se decantasen en el Realismo social (Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta); y, por otro, estaban quienes, sin ser menos relevantes, quisieron explorar nuevas estéticas (Pedro Jorge Vera, Pablo Palacio). Ambas corrientes configuraron un imaginario local y universal, reflectivo y fantástico, que trascendió la simple mimesis escrita e incluso derivó en adaptaciones audiovisuales memorables.

La versión fílmica del cuento ‘La Tigra’, el salto a la televisión de la novela ‘Los Sangurimas’ (con base en obras de José de la Cuadra) o las innumerables réplicas audiovisuales de ‘Un hombre muerto a puntapiés’ (original de Palacio), por nombrar algunos casos, dan cuenta de la influencia que las letras nacionales ejercieron sobre las pantallas. Pero desde la década de los noventa el cordón umbilical que unía guiones a la literatura se rompió con la impronta de obras autónomas que han desatado diversas reacciones en el público local sin llegar a convocarlo de forma masiva a las salas de cine, salvo contadas excepciones (en 2006 ‘Qué tan lejos’, de Tania Hermida, igualó en taquilla el cuarto de millón del hito noventero ‘La Tigra’, dirigido por Camilo Luzuriaga).

Una discusión frente al espejo

Dos textos críticos alrededor de la gran pantalla nacional (reflejo de la realidad o ventana imaginaria) suscitaron un debate en FlacsoCine la noche del lunes 13 de octubre.

En el artículo ‘¿Es posible la resistencia frente a la industria cultural?’, la crítica de arte Fanny Zamudio empieza citando a Aristóteles: «El arte es útil, medicinalmente útil, en cuanto suscita y purga emociones peligrosas», para  luego plantearse la pregunta “¿Se está haciendo arte del cine ecuatoriano contemporáneo?” (sic)

De esta forma, Zamudio, columnista de la revista El Apuntador, cuestiona un producto cultural al que los medios suelen prestar atención sin reparar en su contenido, por la simple y llana razón de que el cine de factura nacional es un bien que ‘se tiene que difundir’ dada la complejidad y el costo —cada vez menores— de producción que implica. Al concluir, sin embargo, deja dos opciones para que los filmes autóctonos lleguen a consolidarse: ‘dar el salto’ al cine arte (mediante la “significación profunda del discurso y la adecuación en la forma de contar historias”) o a la producción masiva (a través del “mejoramiento de la puesta en escena y los códigos de tensión cinematográfica”).

Volviendo al axioma aristotélico, pareciera que la utilidad de las historias que, de forma creciente, se ofertan bajo la etiqueta de “cine nacional” tiene que ver con una suerte de terapia en la que ciertos espectadores se trazan como meta hallar modelos para identificarse rechazando dichas producciones cuando no logran su cometido.

Entonces, cabe otro artículo sobre el tema, que también fue el punto de partida del debate organizado por el CNCine. Con el título ‘Autorrepresentación: el errado encargo del cine ecuatoriano’, la escritora Rocío Carpio sostiene que «Cuando el espectador local se enfrenta con un filme nacional, de una forma automática e inconsciente exige una verosimilitud como espejo de la realidad. Y lo hace porque la etiqueta de “cine ecuatoriano” lo deposita en la autorreferencialidad». Carpio, cuya perspectiva fue publicada en el medio digital GKillCity, también concluye su punto de vista interpelando a los realizadores, a quienes deja el desafío de “lograr que un espectador local se distancie de su búsqueda de autorrepresentación –como lo haría naturalmente uno foráneo–”.

¿Existe un ‘Cine ecuatoriano’?

El debate, en el que Juan Martín Cueva y Genoveva Mora actuaron como moderadores, tuvo como ponentes a Fanny Zamudio y a Diego Araujo, director de la película ‘Feriado’ (2014), producida en Quito.

Para este último, el giro que permitió abstraer la producción nacional con el nombre de “cine ecuatoriano” lo marcó ‘Ratas, ratones y rateros’ (Sebastián Cordero, 1999) con sus 240 mil espectadores; y la época actual, caracterizada por una baja en las taquillas, se debe a diversos factores entre los que nombró la pérdida de novedad en los estrenos (que solo en 2013 sobrepasaron la decena, junto a 30 largometrajes, entre cine documental y de ficción, terminados).

Cueva, por su parte, resaltó la debilidad en la dramaturgia (construcción escénica) y en la dirección de actores del cine local. Todo en medio de un debate que pretende alejarse del enfoque que se ciñó sobre la literatura de hace un siglo.

Mañana empieza el ciclo ‘Antes de rodar’, charlas sobre los procesos iniciales de la producción cinematográfica, también en FlacsoCine.

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