El alma de las plazas llegó a ocho décadas de música

27 de octubre de 2013 - 00:00

UNO
Mediodía. Llego a la Plaza del Teatro y veo que la función ya terminó. Si bien el tráfico me retrasó diez minutos, Wilson Haro, director de la Banda Municipal de Quito, me había citado a las 12:30 para que viese a los músicos en acción. Nunca pensé que un repertorio de casi una hora acabaría tan rápido. —En realidad empezamos antes-, me dice con su voz pausada, serena. Más o menos a las 11:30; lo que pasa es que nosotros tocamos con la fuerza del sol.

Al principio no entendí su respuesta, pero me pareció poética. —A veces no medimos el tiempo, nos guiamos por la intensidad del sol, muchas veces implacable, o por las nubes que prometen lluvia.

Sobre la plaza cuatro palomas juegan como si la música siguiese sonando. —Tendremos otra retreta el viernes en la Plaza Grande, por si quiere vernos, pero ya que estamos aquí, permítame contarle sobre la Banda. Acepto. Mientras caminamos hacia un café pienso que el encuentro fallido resultó ser, en realidad, el punto de partida para conocer algo esencial: pase lo que pase, cada miércoles, al mediodía, en la Plaza del Teatro, la Banda Municipal de Quito toca con la fuerza del sol.


DOS
En menos de treinta minutos Wilson me ha contado la historia de las bandas de pueblo cuya raíz parte de las guerras y sus famosas marchas.

“Es paradójico pero nacieron por la fuerza del poder. Aquí en Quito, en la época de la Colonia, solo tenía acceso a una banda la gente que tenía harto dinero, lo mismo pasaba para poder enterrar a una persona con marcha fúnebre (aunque los músicos hayan sido de estratos populares); y dentro de esas bandas los repertorios tenían mucho de español (pasodoble, fandango, habaneras), puesto que esas bandas vinieron con la guerra de la independencia”.

La Banda se fundó tras una guerra, en la cual una bala perdida asesinó al compositor Cristóbal Ojeda Dávila

Fue en el gobierno de Eloy Alfaro que esto cambió. No solo los repertorios fueron más variados sino que la gente del pueblo ya podía enterrar a sus muertos con marchas fúnebres. Además se dio una proliferación de bandas de órdenes religiosas, pero de igual manera de bandas gremiales.

“Creo que por esa condición de gente humilde, históricamente se ha minimizado a las bandas, porque nos identifican precisamente con el sector más sencillo del país. Parecería que no ha habido formación y eso es mentira. Los músicos de banda han demostrado ser sumamente capaces, preparados y entregados con su instrumento. Lo que han padecido es olvido y desatención en el pasado. Yo, por ejemplo, vengo de un pueblo en Imbabura donde había que remendar los instrumentos, los mismos de hace 20 años, para poder tocar. Un instrumento de banda es muy costoso. Una tuba está en alrededor de los 11.000 dólares. Claro que el valor que nosotros le damos es por lo que el instrumento logra hacernos sentir, eso es invaluable”.

Su repertorio abarca pasillos, albazos, sanjuanitos, mambos, cumbias, pasodobles, marchas, entre otros

Wilson hace una breve pausa, se lleva el refresco a la boca. Continúa. Yo lo escucho atenta, no lo interrumpo. En menos de treinta minutos, este hombre sencillo de jeans y chaleco verde ha respondido más de lo que esperé.

TRES
La Banda Municipal de Quito fue fundada el 11 de julio de 1933 con los músicos de las bandas desorganizadas de algunos batallones del ejército, luego de la “Guerra de los Cuatro Días”. Con instrumentos prestados y gracias al apoyo de otras bandas como la Banda del Gremio de Albañiles, la banda de la población de Guápulo y la del Conservatorio Nacional de Música, tuvo su primera retreta en 1932. Por mucho tiempo los ensayos se realizaron en espacios inadecuados e incómodos para sus labores artísticas, entre ellos las lavanderías de Yavirac, la gallera de la Tola, el camal antiguo, el hipódromo de La Carolina, la Plaza Arenas, junto a la cárcel municipal, entre otros.

En 1983 los integrantes de la banda alcanzaron una vieja aspiración al concederles un local más apropiado en el sector de La Mena II, al sur de la ciudad. Desde entonces el conjunto ha consolidado una fuerte tradición musical que se ha transmitido de generación en generación. Tienen más de veinte producciones musicales, cada una con una muestra valiosa de la música ecuatoriana. Posee uno de los más importantes archivos de partituras musicales para banda, cerca de 30.000 folios de música de los más diversos géneros como: albazos, sanjuanitos, yaravíes, pasillos, pasacalles, tonadas, entre otros. Tiene alrededor de 240 presentaciones al año. 45 integrantes. 80 años de vida.

CUATRO
“Si bien la banda nació con estos antecedentes, a mí no me identifica la guerra”, dice Wilson Haro. “Sobre todo la de los Cuatro Días donde murió uno de los compositores más importantes de nuestra música popular: Cristóbal Ojeda Dávila, autor de Alejándose y Ojos negros, con letras de Angel Leonidas Araujo; y el inmortal Alma lojana, con letra de Emiliano Ortega Espinoza. El compositor falleció a los 28 años por una bala perdida, un acontecimiento muy doloroso. Al menos la música de la banda siempre les rendirá tributo, de alguna forma, a esos grandes personajes”.


CINCO
Wilson Haro lleva 13 meses como director titular luego de que la banda no haya tenido uno durante cinco años. Su carrera se ha caracterizado por venir de una escuela formal sin dejar nunca el contacto popular (fue ese su entorno referencial: su abuelo y bisabuelo fueron músicos de banda, oriundos de Cotacachi).

Wilson ha reorganizado instrumentalmente la banda, un proceso que ha venido trabajando de a poco hasta lograr más solidez.

“Los resultados los hemos visto reflejados en el impacto con el público. Fue impresionante ver la jornada libertaria con cerca de 15.000 personas en el bulevar de la 24 de Mayo o en la Tribuna del Sur, por nuestro aniversario, con 6.000”.

Estos méritos han llevado a preguntarse a Wilson por qué la Banda Municipal de Quito aún no ha viajado lejos llevando la identidad de todo un pueblo, a pesar de tener una innegable proyección mundial.

“Nosotros no tenemos miedo de presentar con orgullo nuestra música en Europa. ¿Por qué no pensamos, por ejemplo, un concierto de Semana Santa en Milán, con los migrantes ecuatorianos? ¿Si ellos nos han ayudado a sostener al país en la época más crítica, por qué no regalarles un pedacito de nuestra tierra allá, de darles esa felicidad?

SEIS
Es jueves. El cielo de Quito más bipolar que de costumbre; una mitad azul, luminosa, y la otra totalmente gris. Estoy en La Mena II, en la sede de la Banda Municipal. Desde la puerta escucho clarinetes, trompetas, flautas, platillos y demás instrumentos. Ingreso. El lugar es modesto, cálido, confortable. Tiene diez áreas destinadas para aulas de ensayo divididas por familias instrumentales y un salón grande de ensayo general. Wilson me invita a pasar al Archivo, junto a un altar con las imágenes de un Cristo y de Santa Cecilia, patrona de los músicos.

Adentro un hombre trabaja en varias partituras. Se llama Óscar Aymacaña y es el calígrafo musical de la banda por casi veinte años.

“Antiguamente se pasaba de la partitura general a cada instrumento, explica, lo que se llamaba partichelas. Ahora todo es más sencillo. Cuando yo ingresé mis antecesores escribían con pluma y tinta china, yo pasé prontito al rapidógrafo, y ahora hay un sistema digital”.

Wilson saca una caja que dice 1935. “Este es el terno de música número 10”, me dice. Un terno es un juego completo de partituras. Cuesta leer la caligrafía antigua sobre los folios, aun así logramos descifrarlas. Pueblito mío. Tango. Con permiso. Ranchera. Mañanita de sol. Tonada campera. En otro folio sobresalen los pasillos y sanjuanitos.

Óscar dice que desde que Wilson ingresó se comenzó a levantar estas partituras a un sistema informativo, una tarea que tomará muchísimo tiempo, quizá muchos años, pero que busca salvaguardar la memoria y facilitar su acceso. De los miles de archivos, 70 composiciones de un solo terno ya están pasadas.

SIETE
Empieza el ensayo general. Wilson da algunas indicaciones y arrancan con Pasodoble y Allegro. La banda la componen 45 músicos, de los cuales apenas dos son mujeres.

“Un, dos...”, dice Wilson, y la sala se vuelve una fiesta, solemne y alegre a la vez. Los ensayos son diarios. Al ser Banda Municipal, todos los músicos son funcionarios públicos. La única diferencia es que en vez de escritorios tienen instrumentos.

Hay un receso. Wilson me dice que en el pasado había maltrato incluso de las propias administraciones, a veces la banda llegaba a presentarse 10 veces al día, por lo que los músicos terminaban con las bocas hinchadas y los labios reventados. Ya no. Máximo 3 presentaciones y con mucho cuidado.

“Por eso les llaman los trompuditos”, explica Wilson. Si bien hay una tradición en la que se les dice ¡Toquen, trompudos! a Wilson no le parece correcta. “Son gente a la que se maltrató por mucho tiempo y a la que debemos total respeto”.

OCHO
Wilson me trajo al Archivo Histórico del Ministerio de Cultura (antes del Banco Central). Me presenta a Honorio Granja, director del Archivo por muchos años, pero al preguntarle por su cargo insiste en decir: sólo un obrero de la cultura.

Ahora estoy en medio de una serie de partituras antiguas, de fotografías en blanco y negro con rostros de músicos anónimos que, sin embargo, construyeron la historia musical de nuestro país. Discos de acetato, primeras grabaciones, sonidos que parecen salidos de una máquina del tiempo. Quién sabe cuántos cientos de horas Wilson ha pasado metido aquí, investigando autores, reconstruyendo partituras, dándole vida, nuevamente, a nuestra música.

NUEVE
Es viernes. Estoy en la Plaza Grande. Llegué antes por si el sol aceleraba el reloj de los músicos. Los veo entrar en fila, uniformados, uno tras otro con sus instrumentos. No pasan ni cinco minutos y ya la gente ha copado las bancas y las gradas de la Catedral.

 

Aparecen los ‘espontáneos’: un loco, un mendigo, algún personaje   que baile sobre la pista

Aparecen los ‘espontáneos’, como Wilson llama a su público fiel: un loco, un mendigo, algún personaje callejero que durante 45 minutos baila sin ninguna restricción. Los pasos de uno en particular son acelerados, quizá por todo lo que a diario contiene; esta banda es su punto de fuga.

Wilson agradece luego de cada canción. La banda toca albazos, sanjuanitos, pasillos y hasta mambos. Todos disfrutan. Es tiempo de partir. Levanto la vista y pienso en la frase que inició este recorrido: Nosotros tocamos con la fuerza del sol. Y sí, ya no me cabe la menor duda.

Mire una presentación de la Banda Municipal de Quito en la Plaza Grande

Escuche audios del Archivo Histórico del Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador.

Yaraví: Flores Quiteñas

Pasillo: Mi Amada

Pasillo: No me olvides

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