Los rezagos de una mente sórdida y culta

15 de mayo de 2011 - 00:00

Son los vestigios de una vida ajena y lejana que apenas se adivina; de una existencia cuyos contornos el tiempo ha desdibujado inescrupulosamente. Pistas elocuentes de un caso irresuelto, en una locación extraña, sembrada de  huellas de un camino que, intuimos, estuvo lleno de recodos, de varias pendientes, de cosas ilícitas.

15-5-11-cronica-rezagos-de-mente-sordida-y-oculta-3Se trata de una zona de guerra donde lo único que sigue en pie son las dudas, las sospechas y las interrogantes; las deducciones que se caen de maduras. Un rompecabezas manifiestamente incompleto, aquejado por la ausencia de varias de sus piezas centrales.

¿Podría reconstruirse una vida a partir de los objetos que le pertenecieron a alguien? ¿Cuánto de nuestra esencia revelan las cosas que acumulamos a través de nuestro paso por el mundo? ¿Puede, real y precisamente, obtenerse el perfil de un individuo por el testimonio de sus posesiones?

La observación de la escena

Tomás, un diseñador industrial de 27 años, y su esposa Maru, chef de 24, arribaron a su nuevo hogar en enero pasado, junto a Tomasito y Lola, sus hijos de 1 y 2 años, respectivamente. La casa, ubicada en Urdesa, cerca de El Manantial, exigía múltiples reparaciones. Los años habían hecho mella en la infraestructura, y lo necesario era refaccionarla con denuedo.

En la parte de atrás de la vivienda, separada del inmueble principal, cruzando el extenso patio dominado por mangos y groselleros imponentes, está enclavada una suite que sigue exacta a como la recibieron: un cuarto amplio, de cuatro ambientes, de paredes descascaradas y mohosas, de aspecto rancio y cutre, lleno aún de objetos que pertenecieron a su antiguo habitante, de quien no se conoce nada, aparte de lo que sus enseres testifican.

Una colección de más de 200 revistas, 400 LP y 500 libros eran parte del intrigante menaje encontrado. Incluso más extraño fue explorar los contenidos, en lo heterogéneo de los vestigios que allí aguardaban debajo del polvo y del olvido, como esperando  ser interpretados; para susurrar o exclamar, según quien se acerque, la historia de la vida de un hombre que resulta tan inmoral como única, tan escabrosa como atrayente.

15-5-11-cronica-rezagos-de-mente-sordida-y-oculta-2Varias de las paredes de la habitación estaban “forradas” de pósteres pornográficos. En el piso, entre decenas de LP dispersos, un pequeño proyector cinematográfico de los setenta yacía con parte de la carcasa arrancada, lo que mostraba el mecanismo interior del artefacto. Entre los documentos y los papeles estaban carpetas con cientos de cheques, fechados entre 1970 y 1978; libretas de ahorro donde pudimos ver el nombre de nuestro protagonista y el de su esposa (los cuales serán omitidos por pedido del ahora dueño de casa), diplomas laborales, tres juegos de llaves y una licencia de contador de 1976, algo entendible dada la ingente cantidad de cheques de Filanbanco apilados en una carpeta arrinconada en una esquina, que mostraba una foto de un hombre de mediana edad y rasgos caucásicos.

Sobre una repisa apolillada y gastada se encontraban las cintas de video y un montón de diapositivas de 2 x 3 centímetros. En una caja estaban guardadas las instantáneas de escenas familiares: juegos en el parque con quienes suponemos son sus hijos, comidas en casa con quien parece ser su esposa, ratos comunes que retratan una época y el lado familiar de un ser humano. La otra caja de diapositivas, las cuales se podían observar sosteniéndolas contra una fuente de luz, contenía fotos, únicamente, de imágenes sexuales explícitas. El contraste era impactante.

En otro de los ambientes se había instalado un rústico gimnasio, con elementos bastante sugerentes, donde colgaban los cuadros de tres “playmates”. Varios libros se acumulaban en el piso de la habitación, también. Títulos como “Suicidio sexual” y “Fantasías de un psicópata” estaban almacenados indistintamente junto a otros como “Aprender a bailar en diez días” o la biografía de Maquiavelo.

Cientos y cientos de revistas, principalmente de los años 70, estaban dispersas por las distintas habitaciones de la suite. Entre ellas, las más numerosas eran las Nacional Geographic y las Playboy, que, sorprendentemente, se hallaban en muy buen estado, a pesar de las circunstancias.

La “energía” del lugar haría abjurar a un racionalista de sus postulados. La suite en general tenía un carácter macabro, truculento, oscuro. Varias tejas estaban derrumbadas por lo que el agua durante los inviernos no se había quedado fuera, y se notaba. La humedad del ambiente era  palpable. Libros, papeles, discos de vinilo, muebles, piezas de baño, ventanas, puertas, pisos, techo… el tiempo se encargó de dejar su marca en absolutamente todo, sin piedad, con crudeza. Un escenario de huecos y fracturas, por aquí y por allá. ¿Por qué alguien lo dejaría todo en este estado? ¿Cómo irse y no recoger tanta evidencia? ¿Cuál fue la razón fundamental para que no se haya levantado la escena? ¿Ni el pudor ni el temor ni la vergüenza fueron motivaciones suficientes? Es claro que no.

Varias preguntas y respuestas latentes

El voyerismo que, en primera instancia, impulsa a escudriñar entre los restos de la habitación es luego reemplazado por una curiosidad inquietante, por la necesidad de bucear en la psiquis de un individuo sumamente complejo, con el fin de tratar de entenderlo. No hay mayores certezas sobre su vida, pero sí un legado material que sirve como mapa para medianamente delinearla. No sabemos con exactitud cómo era su vida familiar, pero podemos deducir que vivía solo allá atrás, en esa suite separada de la casa principal. ¿Por qué? ¿Cómo ocultó todo esto a su familia? ¿Necesitaba esconderlo? ¿Quién realmente conocía su mundo interior? Preguntas escogidas al azar, de las que invaden el pensamiento ante la contemplación de la escena total.

Lo cierto es que allí vivía un hombre, un individuo. Todo indica que era un exitoso contador, un buen profesional. Pero, también, mucho más que aquello. Un hombre aficionado a la lectura y al sexo; un hombre de familia, pero también un solitario. Un tipo en apariencia racional,  con una profesión determinada por el cálculo, la mesura y la organización y, al mismo tiempo, un sujeto supersticioso, tendiente al goce e interesado en los excesos. Quizá el ejemplo arquetípico de la paradoja que constituye el ser humano, siempre debatido entre luz y sombra; entre la vida pública y los hondos recovecos conocidos por nadie... Las circunstancias puntuales que  llevaron a este personaje a acumular todos sus tan particulares objetos y luego abandonarlos allí, a su suerte, sin siquiera llevarse u ocultar lo más privado, lo más íntimo, serán siempre un misterio; sin embargo, podemos imaginarlas, intuirlas, deducirlas, adivinarlas. Y creo que, por esta vez, tendrá que ser suficiente.

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