Carol: “Quisiera tener otro hijo con María José”

12 de junio de 2011 - 00:00

“Mira mamá, yo sé que tú tienes algo que contarme, y cualquier cosa que tú me digas yo la aceptaré, pero si  me mientes nunca volveré a confiar en ti”, le dijo Emma a su madre, María, cuando  apenas tenía siete años. Desde entonces Emma, María y Mercedes  forman una familia. Un hogar en el cual hay dos madres y una hija, de 12 años, ávida de preguntas.

No se ocultan de nadie, pero prefieren no dar explicaciones ni posar libremente para esta crónica. La intolerancia hacia las lesbianas en Ecuador las ha forzado a esconderse y mimetizarse dentro de una sociedad excluyente, marcada por una fuerte influencia de las religiones, el patriarcado y la sociedad machista. Estas mujeres se han convertido en espectadoras de su destino, por el temor y el miedo de ser violentadas o discriminadas. Todo esto pese a que Ecuador posee una de las constituciones más avanzadas en cuanto a los derechos del LGTBI (colectivo que abarca lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales e intersexual).

En el artículo 11 de la Carta Magna se habla de la igualdad de las personas y que nadie podrá ser discriminado por razón de sexo. El art. 67 reconoce la familia en sus diversos tipos y en el 68 se habla de las uniones de hecho, como la unión estable entre dos personas libres de vínculo matrimonial que formen un hogar de hecho. Pero faltan leyes que articulen estos derechos. Sandra Álvarez, directora de la Organización Ecuatoriana de Mujeres Lesbianas, es una de las voces que reclaman: “Las uniones de hecho son  algo tan novedoso y tan importante, que debieron  ser una de las leyes que primero se legislara, pero no se la toma en cuenta para nada”.

12-06-11-cronica-lesbinas-quieren-experimentar-maternidadPara esta activista faltan al menos tres generaciones para que la vida de las mujeres lesbianas se normalice. “El futuro está en la educación de los niños en la escuela; si se educa en la diferencia y en el respeto ahí está la salvación, como dirían en las iglesias”, opina esta mujer que  critica la hipocresía que impera  en la sociedad ecuatoriana. “Es muy fácil decir que toleras algo, pero decir que respetas y aceptas ya es más difícil. Si yo veo una cucaracha la tolero, porque no soy capaz de enfrentarme pues me da mucho asco, entonces la tolero pero no la acepto, dejo que venga otro que la mate. Así vivimos”.

La madre de Emma tuvo su primera relación lésbica en el colegio, con una compañera de clase. Estuvieron siete años juntas, tiempo en que vivían su sexualidad de una forma inocente, pero a espaldas del  mundo que las rodeaba. Los padres de su novia se enteraron por casualidad y la obligaron a casarse con un muchacho. Ella, entre el miedo a asumir su condición y la confusión de una sociedad que no la aceptaba, decidió casarse y llevar una vida heterosexual, como muchas otras mujeres lesbianas.

Cuando nació Emma las cosas no iban bien en su matrimonio y pronto decidió romper. De todas maneras nunca se sintió cómoda y siempre pensó que para ser feliz no importaba si su pareja era hombre o mujer. Esa felicidad anhelada llegó con Mercedes. Se conocieron en Esmeraldas, donde María había ido a abrir un negocio de decoración.

Mercedes fue una de sus clientas, le compró un armario y se enteró de la preferencia sexual de María por casualidad. Los chicos que llevaron el mueble a su casa durante el trajín comentaron en voz alta que su jefa era lesbiana.

La clienta aprovechó que le entregaron un armario cambiado para empezar a llamar a la dueña del negocio. El teléfono fue el nexo entre estas mujeres, que terminaron confesando su condición y empezaron a salir. La pequeña Emma tenía apenas siete años de edad cuando “sus madres” se enamoraron. Hoy parece la adulta de la casa.

“Cuando nos ve discutir, nos pide que no rompamos el amor y que si no hay otra alternativa que lo dejemos sin hacernos daño”, cuenta María.

La maternidad ha sido una buena experiencia para esta pareja, tanto que han decidido ser madres de nuevo. “Me he planteado la maternidad con mi pareja, de hecho estamos en ello, estamos buscando un rubio con ojos verdes que quiera ser el padre”, dice María en medio de risas. La pareja también ha pensado en la inseminación, saben que necesitan un donante, pero prefieren que sea conocido.

Legalmente no podrá llevar el apellido de las dos y han decidido que lleve los apellidos de Mercedes, que pondrá el vientre para ampliar la familia. “Ella necesita sentir lo que es dar a luz un ser”, suelta María, “le llegó el reloj biológico”.

La adopción no es opción para estas parejas, la Constitución solo reconoce la unión libre, pero no les permite casarse. La diferencia es abismal en cuanto a derechos familiares. La adopción solo es accesible para los matrimonios y estos se entienden como la unión de parejas de diferentes sexos.

Pero no todas las mujeres lesbianas viven su sexualidad en familia. Muchas, después de pasar por una relación heterosexual y tener hijos, viven ocultando su condición. Melisa es una mujer de cuarenta y pocos que “se niega” en todos los ámbitos de su vida. Únicamente se confiesa con la gente que conoce a través de Internet, de esas personas guarda todos sus datos y sus fotos, en carpetas que prefiere no mostrárselas a nadie.

Parece inverosímil, pero tiene una relación de la que no da detalles. Durante la entrevista asume desde la culpa y se coloca la etiqueta de “persona conservadora. Ahora yo no sufro porque no me he abierto, si me hubiera abierto tendría muchos problemas. Ahora es mi sufrimiento interno, sino sería el mío y el de todo mi entorno”.

Para ella, una de las situaciones más incómodas fue cuando su hijo que entonces tenía 10 años “se enamoró” de su anterior pareja y la empezaba a perseguir. Para su hijo era la mejor amiga de su madre y nunca le contó su condición. “El día que se lo tenga que decir a mi hijo va a ser un día duro de llanto, es una cosa fuerte que tu madre te diga soy lesbiana”.

La negación de Melisa llega a tal punto que defiende que una familia debe tener la figura paterna y materna. No está de acuerdo con que las parejas entre mujeres tengan o puedan adoptar hijos e invalida las uniones de hecho.

“Tampoco estoy de acuerdo con las uniones de hecho. Yo he tenido muchas broncas con mi actual pareja por esto. Me decía vende esa casa y vamos a vivir en otra. Como decirle sin herir sus sentimientos que este es el patrimonio de mi hijo. Primero es mi hijo…”.

El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos no posee estadísticas de uniones de hecho en general y cuando se le pregunta por los enlaces entre mujeres, la contestación que da es que las uniones de hecho entre mujeres todavía no están legalizadas. Sin embargo, las parejas aún pelean por un reconocimiento.

María José y Carol, una pareja de quiteñas, formalizarán su relación en septiembre. La pedida de mano se dio en el local que María y Mercedes actualmente regentan en Quito. María José, con dos hijos adolescentes, y Carol, con un hijo de siete años, sueñan con formar una familia que les permita crecer como pareja. “Me encantaría tener otro hijo con ella”, dice Carol, “está ayudándome a formar a mi hijo, a darle una educación correcta, porque pensé que solo dándole cosas materiales era feliz y no es así. Ella lo educa de otro modo, me ayuda a criarlo y me encanta, porque ha criado a dos hijos maravillosos, muy responsables, que son un ejemplo para el mío”.

El compromiso de María José y Carol se selló ante los ojos de la otra pareja de lesbianas. No hubo más testigos para compartir la noticia, ni siquiera los padres de las novias que ignoran la relación entre ellas. En muchos hogares, la homosexualidad se ve como una enfermedad. No hay que olvidar que hace diez años, por ejemplo, la legislación ecuatoriana consideraba como delincuente a un homosexual. El artículo 516 del Código Penal, inciso 1, castigaba con reclusión de cuatro a ocho años las relaciones homosexuales consentidas entre adultos.

Aunque ese artículo está abolido, la sociedad en general no ha cambiado su mentalidad al respecto. “La visibilidad es fundamental para que esta sociedad cambie. Pero ¿cómo te haces visible con una jauría de lobos hambrientos?, es como entrar sin zapatos en una habitación de vidrios quebrados”, cuenta la presidenta de la Organización Ecuatoriana de Mujeres Lesbianas.

“Hay mujeres autoaisladas durante años.  ¿Cómo crees que te sientes cuando te llega una chica de 19 años que ha intentado suicidarse hasta tres veces porque piensa que es la única en su situación? ¿Qué está pasando con el nivel de información?, ese es el nivel de educación sexual que se recibe en este país y todo su adoctrinamiento religioso”, prosigue.

Una de las denuncias más graves que hacen las activistas que defienden los derechos del colectivo LGTBI es la existencia de las clínicas de desintoxicación sexual, donde acuden las familias que consideran que sus hijos tienen alguna “desviación sexual”. 

El movimiento Articulación Esporádika, que aglutina a asociaciones de género como Taller de Comunicación Mujer, Proyecto Transgénero, Causana, Comuna Rihannon, Salud Mujeres, Oído Salvaje y Coordinadora Juvenil Por Equidad de Género, cuestionan  la existencia en pleno siglo XXI de estas clínicas para curar la homosexualidad y transexualidad.

En un comunicado dicen que estos centros funcionan de forma irregular o clandestinamente, bajo el sello de ser centros de curación de adicciones, y no hay la supervisión de las instituciones a pesar de que el Estado debería tener la responsabilidad de intervenir frente a estos tratamientos que van en contra de la no discriminación presente  en esta Constitución.

El problema es que las propias personas afectadas no denuncian esta práctica ilegal, a pesar de que se han recogido testimonios de las violaciones correctivas a las que son sometidas y las continuas agresiones físicas dentro de estos centros.

“El problema viene porque quienes  los llevan son las familias y si denuncian no solo caerían en delito estas clínicas, sino los propios familiares”, explica  una de las activistas.

La Organización Ecuatoriana de Mujeres Lesbianas, para sensibilizar a la sociedad, difunde el libro Mujeres Lesbianas en Quito, que fue auspiciado por entidades internacionales como Global Fund for Women. Una de las conclusiones de esta publicación señala que el mayor rechazo que rodea a la mujer lesbiana porcentualmente viene de la madre.

Las mujeres que han decidido compartir parte de sus vidas en este reportaje confirman esa conclusión. “Si pudiera compartir mi amor por mi pareja y mi hogar con mi madre sería la perfecta felicidad para mí y para mi hija”, dice María. “Se vive en silencio, pero duele, creo que afecta a ambas relaciones, con tu madre y con la pareja. Por eso yo considero que la gente gay es gente solitaria, no tiene familia, las amistades llegan a ser la familia de una”.

La soledad de la que habla María se ahuyentará el próximo 28 de junio. Las calles de la capital se llenarán de reivindicaciones por el “Día del Orgullo Gay”. Entonces las minorías sexuales por un día serán visibles a los ojos de una ciudad que les da la espalda. Desde caravanas se mandarán consignas para defender lo que tantos días al año se silencia.

María tendrá ganas de decir que no son diferentes y de compartir aquello que dice a su hija una y otra vez. “Amor, yo creo que el amor es la palabra más importante. Porque el amor es lo que te ayuda o te facilita pasar todos los obstáculos que tenemos todas las familias, porque problemas hay, pero es el amor el único que te puede sacar adelante”.

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