A voluntad del nuevo dueño del país

- 29 de marzo de 2019 - 00:00

Las elecciones del domingo 24 de marzo están dejando una estela de coraje en diferentes localidades del país por la poca confiabilidad tras sus escrutinios. En varias provincias y decenas de cantones se manifiesta inconformidad, no tanto por no saber controlar el golpe de una derrota, sino -sobre todo- por la idea, cada vez más arraigada, transmitida en el vox populi, de que aquí terminan ganando los que ponen a su gente al frente de las juntas electorales.

Y esta idea concluye afectando las fibras democráticas del país, tanto que ahora muchos sugieren, ante los repetidos vicios en los procesos electorales, preferible no nos hagan perder tiempo y muy gentilmente hágannos llegar el certificado de votación a casa y sean, los que se rotan en el poder político (en ocasiones los verde Flex, otras los amarillos y a veces los incoloros), quienes nos comuniquen cuáles serán nuestras autoridades. Así nadie se enfrenta a nadie, se evita tanto gasto y todos tranquilos al final, cada quien en lo suyo.  

Ahora, todo este malestar de diferentes localidades del país no nace solo con base en los cuestionados resultados electorales, no. Esto se germina al repetirse los “apagones informáticos” de resultados del sufragio a nivel nacional -por ejemplo- y, en provincias, citando lo sucedido en Los Ríos, cuando vocales de la delegación electoral, identificados claramente con el PSC, mandaron abajo resoluciones alcanzadas en mayoría aprobando, en primera instancia, conteo voto a voto de todas las urnas.

Frente a ello, por salud democrática, los cuestionados ganadores deben ser los primeros en impulsar un conteo voto a voto de por lo menos el 10% de las urnas donde sus actas manifiesten dudas; en las cuales, de no existir irregularidades, serán ellos los que más terminen ganando.

Pero de encontrar graves inconsistencias, seguir abriendo lo que haya de abrir, para de una vez por todas alcanzar la certeza de que quien gana es realmente quien ganó y no el que se lo hizo ganar, sobre la base de la antidemocrática voluntad y mezquinos intereses, del nuevo dueño del país. (O)