Violencias que no se nombran

- 08 de enero de 2018 - 00:00

“Es muy clara la diferenciación fundamental entre neoliberalismo y una concepción democrática. Yo tengo una particular posición acerca de lo que es una república y una democracia. Para mí la república es aquello sobre lo que se debe basar la democracia para dar las libertades positivas y los derechos sociales. Hay otros que piensan al revés, prácticamente. Yo creo que los neoliberales (en el mejor de los casos, cuando actúan con vocación democrática porque también hay neoliberales partidarios de gobiernos militares) lo más que quieren es la república o lo que llaman otros la democracia elitista pero no la democracia” (…) “Creo que hay un avance tremendo del fundamentalismo de mercado. La concepción de los liberales se ha extendido como una mancha de aceite por toda la geografía mundial y ha impregnado también algunas ideologías”.

Raúl Alfonsín, reportaje en Página/12, 23 de abril 2000, https://www.pagina12.com.ar /2000/00-04/00-04-23/pag13.htm

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La columna se titula “Breve catálogo de violencias”, fue publicada en el diario Clarín. Su autor, Rafael Velasco, enuncia cuatro. Comienza así: “Los muchachos de la esquina resuelven a los tiros una disputa con los de la banda de la vuelta. Todo sucede frente a la capilla, a las 11 de la mañana de un domingo, ‘Cómo los hicimos correr’ decía uno. (…) Violencia a plena luz del día de esa que ya muchos ciudadanos del conurbano y del resto del país estamos acostumbrados”. Velasco es sacerdote jesuita, “su” capilla es la de San José, sita en San Miguel, un territorio muy humilde en el que en otros tiempos ofició Jorge Bergoglio. 

La segunda violencia, afirma, se advierte en “las manifestaciones donde la protesta social legítima deriva por obra y desgracia de grupos bien organizados en violencia contra las personas y las instituciones. Se ha hecho demasiado común. Es condenable. No es el camino”.

El tercer modo, según Velasco es “la represión (…) la violencia de las fuerzas de seguridad (…). Lamentablemente, no pocas veces esa violencia autorizada se utiliza indiscriminadamente contra ciudadanos indefensos. Es la violencia represiva que en nuestro país ha hecho tanto daño”.

Lo más original del catálogo es destacar “otra violencia, tan real como invisibilizada. Es la violencia de los poderosos contra los más débiles. Una violencia que ocurre al amparo del Estado, cuando éste cede ante el poder de las corporaciones y se desquita contra jubilados y beneficiarios de planes sociales. Es la violencia institucional (…) detestable porque hace mucho daño y se ejerce no pocas veces, con guante blanco (…). A la hora de hablar de la violencia política en la Argentina solo se está hablando de las piedras y los palos pero no de esta otra forma de violencia que significa pobreza, desocupación y perjuicios para los sectores vulnerables. No hay pedradas ni morteros pero hay dolor y despojo de las clases populares. (…) Sería bueno tener en cuenta esta última forma cuando enumeramos el catálogo de violencias. Porque su erradicación debe ser prioritaria si queremos una Argentina más justa”. La transcripción es extensa, aspira a ser una correcta síntesis de una intervención que merece ser leída (y escuchada) en su totalidad.

Puede discutirse la innovación en el uso de la expresión “violencia institucional”, aplicada de ordinario para señalar y cuestionar las violaciones de derechos cometidos desde el Estado. El uso extendido en jerga técnica o en lenguaje cotidiano sirve de explicación, contraseña y  crítica. Esto dicho, la acepción que propone Velasco resalta la gravedad de los abusos de poder económico, la brutalidad de los conflictos de intereses, el carácter predatorio de la asociación entre intereses privados concentrados y el Estado. 

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Velasco visibiliza el dolor de los que padecen cotidianamente. También el despojo, una buena manera de mencionar la privación de derechos. De eso poco se habla o, peor, se niega.

 El macrismo se vale de la ideología en el sentido temprano que le acordaba Karl Marx; un envoltorio retórico, falaz, que encubre los intereses. Hay en ciencias sociales y en dialecto político otra acepción: una visión del mundo que conjuga ideas, creencias y valores. Sobre ella hablaremos en las líneas que siguen.

A esta altura del siglo prevalecen en Estados Unidos, Europa y en nuestra América del Sur las ideologías de derecha, que endiosan el afán de lucro, la discriminación a los diferentes, la estigmatización de los pobres o los inmigrantes. La igualdad queda afuera de la agenda: la desigualdad es valorada positivamente, por extrema que sea. Los derechos escapan del vocabulario cotidiano.

La propiedad privada se endiosa a menudo por encima de una pila de derechos constitucionales: el de trabajar, el de peticionar a las autoridades. En el extremo, los de la libertad o la vida para quienes enfrentan al orden establecido. Hasta en la República “a secas” que pintaba el fallecido presidente Alfonsín esos derechos están jerarquizados: primero la vida, la integridad física y sexual, la libertad. Ese catálogo estipula un orden valorativo, negado a menudo en nuestra maltrecha República, que no es una dictadura pero tampoco una democracia social plena, que tutela derechos sociales y libertades positivas.

Los modos de enfrentarlo, coincidimos con Velasco, son las distintas modalidades de participación (el voto, la acción directa principalmente). No la violencia (ora anómica, ora desesperada) que, queriéndolo o no, a menudo es funcional a los poderes fácticos o al Gobierno que los encarna. (O)

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