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El Telégrafo
María Cristina Bayas

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27 de abril de 2022 - 00:00

Elon Musk compró Twitter por 44 mil millones de dólares y aseguró, entre otras cosas, que va a fortalecer la libertad de expresión en la plataforma. Al llegar a un acuerdo con el directorio de la red social para adquirirla, su primera declaración fue: ¨Espero que hasta mis peores críticos permanezcan en Twitter porque eso significa la libertad de expresión”.

 

Así Musk, el hombre más rico del mundo, resumió la naturaleza de este derecho, que por más obvia que sea, a menudo es ignorada deliberadamente: la libertad de expresión no debería aplicarse de forma selectiva sino de igual manera para todos.

 

Hasta ahora, sin embargo, Twitter ha dado de qué hablar en este aspecto. Algunos han utilizado un criterio técnico pero hipócrita en este tema, pues se han valido del hecho de que Twitter es una empresa que aplica políticas privadas de restricciones para el contenido que publican sus usuarios, para sostener -acertadamente- que suspender ciertas cuentas de la red no constituye técnicamente censura.

 

En efecto, esa suspensión y aplicación de políticas privadas no son leyes que vienen de un Estado con el fin de impedir que ciertas ideas vean la luz. Sin embargo, en Twitter se evidencia, de hecho, un claro ánimo hostil y autoritario frente a ciertas líneas de pensamiento.

 

Hablo de hipocresía también porque Twitter, más que frenar el abuso, la desinformación y el discurso de odio en su plataforma, lo que ha hecho es controlar, con esas excusas, la narrativa bajo el paraguas de una ideología predominante: la progresista.

 

El cierre de cuentas o eliminación de mensajes por parte de Twitter han tenido un tinte ideológico al calificar de discurso de odio o agresión todo lo que no agrada a la corrección política. Un estudio de MIT llamado “¿Está Twitter sesgado contra los conservadores?” nos da evidencia de la preferencia de Twitter por la corriente de izquierda al mostrar la cantidad de cuentas suspendidas en un determinado tiempo: el 7.7%  eran cuentas de los demócratas en comparación con el 35.6 % que eran de los republicanos.

 

Musk ha dicho que propondrá un modelo menos restrictivo en cuanto a lo que los usuarios pueden publicar. En relación a este punto y al contrario de lo que viene sucediendo en la red, afirmó que las políticas de una red social son buenas si el 10% más extremo tanto de la derecha como de la izquierda están igual de inconformes con ellas. Esto suena lógico porque la consecuencia de ser moderado, suele ser la de no agradar a ningún radical de ningún espectro político.

 

Habrá que ver cuáles son las consecuencias, positivas y negativas, de esta compra, pero por lo menos se espera que Musk cumpla con el requisito básico de la libertad de expresión y es que ella jamás puede ser selectiva ni basarse en criterios meramente subjetivos como algunos lo desean.

 

Ya es notoria la molestia de ciertos usuarios por la millonaria compra y cabe preguntarse a qué le tienen miedo. Por la promesa de Musk su recelo no es ser censurados. Lo que temen, paradójicamente, es saber ya no se censurará a los demás.

 

¨La extrema reacción de aquellos que temen la libertad de expresión lo dice todo¨, tuiteó Musk un día después de adquirir la red social. Si supuestamente el ánimo de Twitter nunca fue silenciar a los que no comulgan con el progresismo, la reacción negativa de la progresía tras la compra de Musk los delata.

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