Una vagina gigante

- 24 de octubre de 2014 - 00:00

Es, definitivamente, el elefante en el cuarto. Es la tragedia humana escondida bajo la idea de guardar bajo la alfombra aquello que incomoda. Y el problema se empeora porque no entra ni en la mira del debate nacional.

La última vez el tema del aborto fue abordado desde un conservadurismo religioso tajante auspiciado por la Presidencia y no resistió ni un ciclo mediático. Y fue precisamente desde los medios que se redujo la discusión a una serie de contradicciones internas entre el puritanismo de las élites y esa necesidad constante de encontrar mecanismos para atacar al Gobierno como fin, deslegitimando la importancia de un grave tema de salud pública y llevándolo hacia el facilismo de la política de barrio.

Es difícil concebir el problema del aborto desde el extremismo moral inconmovible. Es decir, uno puede estar en contra del aborto y su motivación puede tener cualquier origen, pero esta posición no puede llevarnos a la inmutabilidad de la situación. Es decir, la negación al aborto no soluciona el problema del aborto. La negación a la ampliación de causales para el aborto no soluciona el problema del aborto. Las mujeres siguen abortando. Y mientras el aborto no necesariamente se limita a una clase social, son aquellas mujeres que ya viven en condiciones precarias las que terminan más afectadas por nuestra punitiva legislación. No solo por ser más afectadas por las condiciones en las que abortan, sino porque también son las más propensas a ser violadas (si nos referimos al último ‘debate’ legislativo sobre el tema).

El gran problema es que el debate, más allá de limitar las causales para el aborto, no trascendió en soluciones. Son siete meses y del circo mediático no quedó sino el recuerdo de la posibilidad, la decepción de nuestros representantes legislativos y la sensación de una sociedad impávida ante la violencia más deshumanizante y a la vez más cercana. Las cifras son escasas y dudosas. #YoSoy66 empapeló la ciudad incentivando la discusión y articulando la problemática del aborto más allá de la miopía moral (aunque incluso los datos presentados por estos carecían de fuentes), pero el curuchupismo le pudo a la política pública y el debate.

Y la gran tragedia de la resignación o la apatía ante la imposibilidad del cambio es que el problema sigue siendo el problema. El problema sigue discriminando y el problema sigue aumentando las brechas socioeconómicas internas. Y por más que encontremos pedestales morales, el problema no se irá, ni con rosarios ni con actos de fe.

Chloe, una residente de Austin, Texas, ha comenzado una página de Kickstarter para construir una escultura de una vagina de dos metros que permita concienciar sobre los problemas generados por las limitaciones al acceso a un aborto seguro.

A lo mejor en este punto eso es lo que necesitamos. Una vagina gigante en las afueras de la Asamblea Nacional. Un shock visual, una alarma que recuerde que no hemos solucionado nada. Que la violencia sigue siendo una epidemia, que las violaciones siguen siendo una epidemia y que la criminalización del aborto por violación, así, sin debate, sin consensos, sin nada, es abandonar a aquellos por quienes legislamos.

Dado el estado de la educación sexual en Ecuador, la vagina gigante puede tener más de una utilidad.