Ubermoda

- 30 de noviembre de 2018 - 00:00

Hay un facilismo en la discusión sobre aceptar o no plataformas digitales al mercado de taxis. Legalizarlas porque eso significa estar a favor de la tecnología o porque eso lo demandan los usuarios es peligrosamente simplón. Por supuesto, esos factores se deben apoyar; no obstante, eso no disuelve problemas necesarios de analizar. Por ejemplo, las limitaciones físicas de las ciudades o las relaciones laborales dentro de las ofertas de servicios.

Pensemos por un momento en Quito. ¿Cuántos vehículos soporta la ciudad? Si se legalizan nuevas plataformas, ¿se incrementarán vehículos livianos? ¿Saldrán de circulación otros? ¿Con qué mecanismo? Es cierto, al Alcalde no hay cómo pedirle ni que se mantenga sobrio en eventos públicos; sin embargo, eso no debe provocar que los conflictos sean discutidos con su misma inhabilidad.

Veamos algunos datos. Las estadísticas de matriculación –a pesar de que no miden la circulación por provincia– permiten hacer ciertas comparaciones. Por ejemplo, Guayas tiene el 25% de la población del país y tiene el 23% de vehículos. Pichincha tiene el 18% de la población, pero captura el 36% de vehículos.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida de 2014, en Guayaquil, aproximadamente el 66% de personas se moviliza en transporte público, mientras que en Quito, apenas el 54%. En ambas ciudades, alrededor del 80% de los que usan su vehículo viajan solos. Las limitaciones físicas y la mejora de hábitos deben incorporarse en las discusiones. Estocolmo, por ejemplo, festeja el éxito del impuesto a la congestión que tarifa la circulación por hora.

Luego está el tema de las relaciones laborales. ¿Qué condiciones tienen los choferes de taxis que no son dueños de unidades? ¿Cuán visibilizados están sus derechos dentro de los gremios de transporte? En el caso de plataformas digitales, ¿cuán transparente es la situación laboral de los choferes? ¿Por qué no integrar al trabajador en la discusión? El próximo Alcalde de Quito debe inspirar respeto, para así recuperar la discusión de temas complejos de forma seria. (O)

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