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Ecuador/Mar.18/May/2021

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José Velásquez

Twitter y la censura

11 de enero de 2021 00:00

Los unos dijeron que se trataba de un atropello a una libertad fundamental y los otros alegaron que la medida llegaba cuatro años tarde. ¿Son actos de censura los impuestos por las principales redes sociales en contra del presidente Donald Trump?

Vamos a empezar diciendo que Facebook, Instagram y Twitter están domiciliados en Estados Unidos y, por lo tanto, se acogen al marco legal que las rige. Según la ley federal conocida como Communications Decency Act (CDA), las plataformas digitales están exentas de responsabilidad legal por el contenido publicado por los usuarios.

Se estipula así porque, a diferencia de los medios tradicionales, la audiencia es también la generadora del contenido. Pero como toda convivencia requiere de acuerdos mínimos, estas plataformas imponen las reglas de la casa y los usuarios ingresan sabiendo que bajo ese techo hay normas que respetar. Si bien la Metrovía en Guayaquil y el Trole en Quito son sistemas de transporte público, difícilmente admitirían a un pasajero sin camisa. No se trata de mermar derechos sino de evitar el caos.

Cuando uno revisa los términos y condiciones de las redes sociales, todo parece estar redactado desde el sentido común. La pregunta es cómo se producen los procesos internos para determinar a quién se suspende y en qué momento. Y más allá de la victimización de rigor, son estas aristas las que generan dudas. ¿Por que el presidente Trump si fue marginado y otros líderes nefastos no? ¿Hay acaso algún ejercicio de cabildeo con los curadores de las redes para ejercer presión como se insinuó en 2019 cuando Facebook le dijo adiós al expresidente Correa?

Cuando una red social elimina un contenido o suspende una cuenta está insinuando saber qué tipo de información es conveniente para el público y qué clase de contenido no debería ver nunca la luz del día. Pero lo mismo ha sucedido siempre en los medios tradicionales que deciden a quién entrevistar, qué difundir y en qué orden. Seguramente los criterios internos siempre tienen errores pero si las redes sociales no contaran con semáforos y carriles los choques en estas Torres de Babel serían mucho más violentos e irresponsables.

Me parece absurdo hablar de censura cuando estas plataformas realmente demandan menos protocolos que los otros medios. Un invitado en una radio no puede hablar libremente durante horas, así como un fotógrafo no está en condiciones de publicar en el diario las 53 fotos que tomó en una cobertura. En cambio si no te alcanzan los 280 caracteres en Twitter creas un hilo y listo.

El presidente Trump no ha sido prohibido de hablar; ha sido expulsado de un club privado de escritores y lectores donde no hay privilegios y cuya membresía es gratuita y fácilmente revocable. Y en el caso de Facebook e Instagram, existe una suspensión que, por ahora, luce temporal. Trump no está amordazado porque cuenta con los recursos para convocar a una rueda de prensa o dirigirse a la nación en el momento que considere prudente.

Personalmente, hubiera continuado filtrando los mensajes que inciten a la violencia o que difundan deliberadamente información errónea. Supongo que Twitter prefiere asumir el membrete de la censura a continuar prestándole su tarima a alguien que podría resultar tóxico para la democracia y para una transición saludable del poder. De hecho Trump y sus seguidores se han mudado a Parler, una aplicación que no tiene reglas pero que ya ha sido vetada por Google.

Es que aunque Estados Unidos defienda con rigor la libertad de expresión, la medida apunta a frenar una tendencia en crecimiento que se podría considerar riesgosa, sobre todo después de los incidentes del 6 de enero en el Capitolio. Al fin y al cabo, hay una diferencia entre permitir que se diga todo a permitir que se lea o escuche todo. (O)

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