Turismo en Urcuquí

- 09 de enero de 2016 - 00:00

La Universidad Yachay se ha convertido en un motor del turismo para Imbabura, apenas a 20 minutos de Ibarra. Sin embargo, en el cantón Urcuquí también se destacan sus poblaciones aledañas. Aquí una reseña para disfrutar este viaje.

En estos parajes aún es posible encontrar una arquitectura propia de la serranía ecuatoriana, con casas de adobe y poyos donde hasta hace décadas servía como sitios de improvisada posada de los activos vendedores indígenas, o para sentarse a conversar en la tarde después de una faena agrícola.

Es que el cantón es eminentemente agrícola y ganadero, pero también famoso por sus aguas termales de Chachimbiro. Las iglesias del cantón son una fiesta para los ojos. Se destaca el templo de la cabecera cantonal, en medio de árboles de jacarandá, espinos y un monumento a San Miguel Arcángel, con pileta.

Muy cerca de la capital cantonal está la población de San Blas de Urcuquí. Aunque hay acceso en vehículo, es mejor caminar por la amplia avenida de farolas, cruzar los tapiales y adentrarse a uno de los sitios que conservan el mencionado encanto de los pueblos serranos, con sus portones y tejados, con sus flores y sus pequeñas parcelas. Una vez en su cuidado parque se puede contemplar su iglesia de color rojizo de ladrillo y piedra labrada y, justo al lado derecho, una de las últimas casas que, con sus poyos a la calle, muestran el espíritu de estas tierras. Es un privilegio realizar fotografías de estos últimos rincones que, acaso, sean en el futuro pequeños museos de la vida cotidiana.

En Cahuasquí su amplio atrio -que sigue las líneas del famoso templo de San Francisco de Quito- brinda oportunidad para comprobar la nobleza de la piedra, ante unas puestas de sol que son una alegría para el alma. Se ubica apenas a 50 kilómetros de Ibarra y el poblado es Patrimonio Cultural del Ecuador, debido precisamente a su arquitectura de pintorescas callejuelas y casas, moldeadas de macizas paredes de barro que, en la actualidad debido a la regeneración, muestran nuevamente su esplendor.
En Pablo Arenas, en cambio, está una iglesia matriz de colores vivos, parte de esa arquitectura popular, con cúpulas celestes que conservan en su interior imágenes atribuidas al afamado artista colonial Caspicara, como San Miguel, patrono de la población, y la Virgen de Dolores. En medio de casas, adornados de coloridos balcones, es famosa su Fiesta del Maíz, que coincide con la celebración de la Virgen del Carmen.

Debido al influjo colonial, aún se conserva uno de los eventos más vitales de la cultura popular, presente en la Semana Santa. Es que hace casi medio siglo, la fastuosidad de esta escenografía es el mejor lugar para encontrarse con estas expresiones que reúnen a los penitentes, conocidos como cucuruchos, quienes -como si se tratara de una procesión en España- llevan a los santos en andas, en medio de romanos de piel cobriza. Antes, el denominado Jueves Santo, se puede asistir a un evento casi en extinción: el descendimiento del Cristo, de la Cruz, resguardado por los santos varones, mientras la Virgen -de hechura colonial- mueve los brazos, accionados por artilugios. (O)