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El Telégrafo
Salvador Izquierdo

Tratado de La Virginia

15 de abril de 2022 00:00

Los carros pequeños no podían pasar. Había servicio de grúas y cualquier cantidad de gente, hombres y mujeres, que por una monedita estaban dispuestas a acompañarte de cerca, empujando tu vehículo si se hundía. Babahoyo está a una hora y media de Guayaquil pero enseguida se percibe que están acostumbrados a arreglárselas por sí mismos, no depender de sus vínculos históricos con el puerto principal y peor del gobierno central. Su lema es #babahoyonosedetiene. La lluvia de marzo lo puso a prueba. Nunca he visto un camino inundado de esa manera. Nunca he visto a los habitantes de una pequeña ciudad tan listos para una mañana de playa improvisada.

El malecón de Babahoyo es simpático. Edificios bajos alineados a un lado del río; una sensación de arrabal distendido al otro. Los une un puente peatonal y otro más moderno, para vehículos, que está fuera de servicio y medio abandonado. Hay restaurantes, mecánicas, gimnasios, negocios dedicados a la belleza personal y a la moda. La iglesia en la plaza central tiene un lema en latín pintado sobre las puertas: Flumina Plaudant Manibus. Todo apunta hacia los ríos: el San Pablo, el Catarama y, por supuesto, el Babahoyo, entre otros, supongo, repartidos a lo largo y ancho de la provincia.

Nos recomendaron visitar la antigua casa de hacienda de José Joaquín de Olmedo, La Virginia; y un observatorio de fenómenos sobrenaturales donde hay una gran piedra que nadie se explica cómo llegó ahí. Fuimos al primero. Nos recibió un samán gigantesco y otros, cerca del río que se habían unido a medio crecer. Un hombre llamado Pedro Vicente Hurtado Muñoz trabaja ahí. Tiene contrato como guardia pero es historiador aficionado y el mejor guía que pudimos haber tenido. Nos mostró los dos pisos del inmueble. Recitó la poesía de Olmedo. Hizo un recuento del valor histórico que tenía ese lugar y, por lo tanto Babahoyo, en la formación de la nación.

Este espacio es administrado por la Casa de la Cultura, núcleo Los Ríos. He escuchado mucho acerca de la falta de atención que reciben los espacios culturales. Hace poco, había un debate alrededor de la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, pero jamás he escuchado a algún defensor público de La Virginia. El problema de las causas puntuales es que para cada caso existe otro, peor. ¿A qué llegamos si logramos cubrir la deuda con los jesuitas pero seguimos con otros tantos proyectos desatendidos? El sector cultural público sobrevive apenas. Hay plata para los contratos de las empresas de seguridad y no mucho más. Una opción sería dejar de pretender que tenemos condiciones y cerrar los quiscos. Irse en contra del plan maestro de Benjamín Carrión, no porque no haya sido una buena idea, no porque no se pueda seguir con el plan sino porque no lo hacemos. Creo que podríamos sobrevivir si ese fuera el caso. Una impotencia cultural, pequeña en territorio y pequeña en cultura. Otra opción, mejor, sería permitir que se haga. Para esto se requiere menos burocracia y más mediación. El modelo de gratuidad no funciona ni para museos ni para locaciones históricas que necesitan fondos, cualesquiera que sean, y autonomía en su gestión para arreglar techos, para contratar a seres humanos preparados para que hagan el trabajo que saben hacer no otros que no saben. Si no aspiramos a esos requerimientos básicos, no en una sede puntual, sino en todas: ¿a qué jugamos?

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