Torquemada ilustrada

- 25 de abril de 2014 - 00:00

El programa es una desgracia. Lo es. Es un insulto tanto a la comedia como al televidente. Recoge la idea del espectador como un bodrio acrítico, ignorante y pasivo. Abusa del chiste fácil, de la burla a la minoría, a lo marginado. Y lo hace porque es lo más eficiente. Está ofreciendo un producto para las masas. Para los grandes promedios que crean la entelequia de la normalidad social. La otredad se convierte en lo ridículo. El estereotipo en el molde para la construcción de personajes planos. Es, en definitiva, la cobardía del creador.

Pero esta es mi opinión. Y mientras no vivamos en un absolutismo ilustrado, la gris línea entre la ofensa y la agresión deberá quedar sin juez. Me lo recordó un amigo: “La libertad de expresión se extiende a las opiniones que nos disgustan”. ¿Y las que nos ofenden? “Y a las que nos ofenden también”. No podemos cargar sobre David Reinoso, Flor María Palomeque y Fernando Villarroel todos los problemas de nuestra sociedad patriarcal, machista, homofóbica y racista. Y no podemos pretender que es deber del Estado o de la academia dictar la agenda de culturización de los medios.

Ciertamente, la televisión nacional (aunque aplica para la televisión, en general) se ha encargado de perpetuar una serie de estigmas sociales, y es responsable por apuntar a la mediocridad. Y la violencia que se fomenta contra los grupos GLBT, contra el pueblo afroecuatoriano y contra otras minorías debe ser regulada. Pero el contenido ofensivo no puede ser censurado. Porque lo ofensivo es tanto una apreciación subjetiva como también puede ser una declaración ideológica.

Lo que debemos aclarar son los espacios que se dan para estos programas (y en general, estas expresiones). La pornografía vulnera la dignidad de la mujer y la cosifica, pero no la prohibimos. Seguramente, el erotismo, el gore o el exhibicionismo son expresiones que atentan contra el pudor de muchos, pero no los censuramos; les damos los espacios adecuados. Y a lo mejor los espacios triple A no son, pues, los espacios para estas manifestaciones.  

La alternativa, sin embargo, aquella que nos da una superioridad crítica y moral sobre los contenidos que permitimos y no, lo que juzgamos constructivo y no, lo que aceptamos como basura y lo que no, aquella que busca la censura como respuesta, no genera el derecho de las minorías. No podemos decidir qué consume la sociedad, pero sí podemos ampliar la oferta. Crear los espacios, como se están creando desde la ciudadanía, cuyos objetivos no sean guiados por el mercado.

Porque Torquemada ilustrada, sigue siendo Torquemada.