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El Telégrafo
Eduardo Varas

Tiempo de irse

22 de enero de 2022 00:00

A veces, la gente decide irse. Hay un deseo, ganas de salir de este espacio, una decisión que moralmente parece reprochable. Y la gente se va. Porque simplemente no hay mucho que hacer, no hay nada que remedie el malestar existente, nada que calme el dolor, nada que recupere en algo las ganas de estar bien. Porque no se encuentran maneras para estar bien.

Ese es el punto: no siempre hay maneras para estarlo. 

Sería bueno entender que, para algunos, no se trata de vivir por vivir. Eso significa tan poco. La salud mental requiere de atención, es verdad. Lo estamos entendiendo de a poco. La OMS ya ha explicado que “cada año, mueren más personas a causa del suicidio que por el VIH, la malaria o el cáncer de mama, o que por la guerra y los homicidios”. Está ante nosotros la posibilidad de comprender que hay algo que no estamos viendo. 

La salida más fácil es no asimilarlo. No aceptar que alguien, ya sin respuesta alguna, decida hacer algo que se juzga usando una palabra como “cobardía”. Quitarse la vida es arrojarse al vacío de la no existencia porque ya no hay más que hacer. Es abrir los brazos antes de llegar a lo desconocido. Nada puede ser peor que seguir con vida. Nos hace falta un poco más de empatía para respetar la dolorosa dimensión de este tipo de decisiones. 

Como la de la colombiana Martha Sepúlveda, que el sábado 8 de enero pudo morir porque legalmente se lo permitieron. Tenía 51 años y padecía de esclerosis lateral amiotrófica. Murió porque no quería más. La vida es sagrada para quien la vive, para nadie más. Lo sagrado es la decisión personal. Hay gente que insiste y encuentra formas de seguir; otras, ya no quieren hacerlo. Y no sabemos lo que pasa por esas cabezas; pero incluso con todo el yunque que una muerte así pone sobre quienes quedan vivos, el único ejercicio posible es respetar y tratar de entender las razones.

Ya David Hume acabó con el peso moral y religioso detrás del suicido —o de actos asistidos, como la eutanasia— hace casi tres siglos. No se va contra la voluntad de Dios —quien se supone que es el que da y quita la vida— porque bajo ese sentido, hasta curarse de una enfermedad o salvar la vida de otros sería atentar contra esa voluntad divina. Para él, la condena de la Iglesia al suicidio era pura superstición. Porque, si se trata de vivir con dolor, no tiene sentido vivir: ​​"a pesar de que un sólo paso nos apartaría del yugo del dolor y pena, las amenazas de la superstición nos mantienen encadenados a una existencia odiosa, y ella misma contribuye a hacernos miserables".

Y esto queda claro con Martha Sepúlveda y con cualquier otro caso de alguien que acepta que ya no tiene sentido seguir más aquí.

Lo que nos queda es celebrar la vida mientras queda, mientras exista, mientras se pueda celebrar.

O quizás la única respuesta posible ante esto es la que nos dejó Keanu Reeves en mayo de 2019, cuando en una entrevista televisiva, recibió la siguiente pregunta de Stephen Colbert: ““¿Qué crees que pasa cuando morimos, Keanu Reeves?”. Luego de unos segundos de silencio, el actor dice la frase más sincera de todas: "Sé que los que nos aman nos extrañarán".

Y eso habla de quienes nos quedamos, tratando de encontrar una explicación, cuando deberíamos encontrar aceptación. 

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