SOS: ¡desnutrición crónica!

- 28 de agosto de 2019 - 00:00

Los informes de las Naciones Unidas alertan al mundo acerca de los problemas más graves del planeta, y son necesarios para la toma de decisiones por parte de los gobiernos.

En esta ocasión, el informe “Estado sobre la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo 2019” reconoce que “más de 149 millones de niños padecen retrasos de crecimiento por efectos de la desnutrición, en medio de un frágil estado de la economía mundial”.

Estos retrasos constituyen una verdadera epidemia y significan una amenaza para el desarrollo de los países. Un efecto de la desnutrición es la pérdida de capital humano. Científicos de varias regiones han confirmado la relación directa entre el retraso del crecimiento y el volumen cerebral que afecta, según la Cepal, a las posibilidades de deserción estudiantil.

Y algo más grave: el pediatra argentino Abel Albino, quien visitó Ecuador, expresó que “si no se cuida a los niños en los mil primeros días, sus cerebros quedarán dañados irreversiblemente”.

El problema es estructural. En el caso de Ecuador, si bien hace décadas se asumió el compromiso de eliminar la desnutrición, el último informe de las Naciones Unidas delata la realidad. En 2012-2014, una encuesta reveló que 24 de cada 100 niños ecuatorianos menores de cinco años tienen retardo. Las provincias de Santa Elena, Bolívar, Chimborazo y Cotopaxi mantienen altos niveles de desnutrición crónica, del orden de 28,9%.

Esta es una tragedia nacional, que debe ser combatida a través de políticas públicas de largo plazo, con la participación de los sectores público, privado y sociedad civil. Las acciones de Unicef, por ejemplo, deben ser emuladas. En varias comunidades promueve prácticas saludables, mediante información actual sobre los principales factores de riesgo que inciden en la desnutrición: la falta de agua segura, alimentación adecuada y pobreza.

Las experiencias de Chile, Perú y otros países son positivas. El control nutricional a las madres embarazadas y sus hijos, el saneamiento ambiental -agua potable y alcantarillado- y la información asociada a la defensa de la vida evitarán que aumente el número de “cerebros dañados”. (O)