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El Telégrafo
Xavier Villacís

El secuestro de un país

07 de febrero de 2020 - 00:00

La presidenta del CNE habló de “virar la página” tras librarse del juicio político. De haber tenido un arranque de honestidad, mejor se le habría escuchado pedirnos demos otra vuelta al cerrojo de nuestra prisión, de nuestro secuestro. Porque eso es lo que enfrentamos: un secuestro a cargo de la indecencia, fraude y corrupción de ciertos personajes que se dicen políticos, pero que realmente resultan ser secuestradores de la patria.  

Secuestrados fue como nos sentimos los ecuatorianos cuando –por ejemplo– presenciamos cómo una funcionaria tan cuestionada, la cual no solamente que debía haber llegado a juicio político, sino que su destitución era más que justificable, termina salvada gracias a la tramoya de asambleístas al servicio de los líderes del secuestro del país. El uno ordenando desde algún lugar de Bélgica y el otro desde su despacho en la isla de Mocolí.

Un secuestro que no solamente conlleva a que las alcaldías de Quevedo y Babahoyo –para el caso– junto a la Prefectura de Los Ríos (socialcristianas) hayan terminado en manos de autoridades electoralmente cuestionadas. Gracias a una selección, no elección, donde un partido político y sus aliados hicieron todo para mantener un triunfo señalado de fraudulento hasta la saciedad y por todos los costados.

Ni tampoco quedará solo en haber corroborado cómo se mandó al tacho de la basura una sentencia de la justicia electoral contra quien sigue presidiendo el CNE, por haber incumplido expresamente sus funciones. Menos en saber ahora que la Función Electoral puede recibir a cuanto delincuente apadrinado pretenda, en tanto las vacantes lo permitan. No, no solo se ha dejado en claro y vigente todo eso.

Los votos y ausencias que salvaron a Diana Atamaint nos llevan más lejos de lo expuesto. Nos deja convencidos de que en este país se puede hacer cuanto fraude y delito político sean necesarios, en tanto se beneficien de ello quienes actúan como mafiosos y se dicen políticos. Porque, al final de cuentas, resulta hasta ingenuo esperar que algo cambie mientras sigamos secuestrados por ellos. Es imposible. (O)

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