El retorno de los brujos

- 20 de noviembre de 2019 - 00:00

Pido prestado el título de la obra del mismo nombre, de Jacques Bergier y Louis Pauwels, que revolucionó en los años 60 y 70. El retorno de los brujos de Bergier y Pauwels fue el libro más vendido por una razón: era prohibido por el statu quo.

Los jóvenes de entonces lo buscábamos en la librería más cercana. El tema prohibido de entonces no tendría nada de espectacular para los jóvenes de hoy: hablar de los fenómenos parapsicológicos, las civilizaciones desaparecidas, el esoterismo y los extraterrestres tenían, ciertamente, algo de especial para aquellas generaciones.

Los seres extraordinarios se encuentran en las mitologías más antiguas, y en aquellas leyendas que formaron parte del imaginario colectivo de todas las culturas. Tienen relación con la creación, la sempiterna lucha entre el bien y el mal, el Diluvio y todas las pasiones humanas juntas, descritas maravillosamente como engendros y criaturas suprahumanas -ángeles y demonios, magos y magas, hadas y espectros- combinadas con fenómenos de la naturaleza y animales reales o imaginados.

Los brujos y brujas, en este contexto, han existido siempre. Y qué bien que existan, porque son antipersonajes o antihéroes y heroínas, que a más del simbolismo evidente, recrean una serie de visiones de la realidad, que rigen en nuestras vidas, en ocasiones disipadas por la luz de la modernidad que se diluye, según algunos autores, en la violencia cruel que se retransmite en las pantallas.

La fiesta de Halloween se explica por sí misma, como una expresión de la cultura universal. Porque los sueños, los mitos, las leyendas, las tradiciones son agentes determinantes del imaginario, que habitan en lo más insondable de las culturas.

La llegada del famoso Harry Potter -aprendiz de mago-, el Señor de los Anillos –el simbolismo del poder- y las maravillosas historias de vampiros de Stephenie Meyer son ejemplos claros de que no solo los brujos han retornado, sino que coexisten en nuestra cotidianidad.

Bienvenidos, entonces, los brujos y las brujas, porque nos permiten imaginar y vivir nuestro realismo mágico. (O)