Reflexiones sobre la clase media

- 04 de diciembre de 2019 - 08:59

Comienzo con una anécdota: en un viaje de retorno de América a Europa, un periodista comentó al papa Francisco sobre el evangelio. Y le preguntó: ¿cuándo habrá una referencia en las homilías a la clase media? ¿Qué dicen los evangelios al respecto? El Papa se quedó en silencio, y respondió: “Excelente pregunta. Lo tendré en cuenta en el futuro”.

El término “clase” es polisémico. Tiene diversos significados y difiere según las culturas e ideologías. La clase media es reconocida como el estamento socioeconómico de las personas situadas entre la clase obrera y la clase alta; también como un estrato o categoría que surge de las características de grupos humanos vinculados a la economía y la ideología. La estadística social habla de clase baja o popular, clase media -o sánduche- y clase alta o adinerada, sobre la base de disponibilidad de recursos de cada una.

El surgimiento de la clase media, según la historia económica, ocurrió en el siglo XVIII, a partir de la Revolución Industrial, que hizo posible el ascenso de los obreros convertidos en profesionales y pequeños burgueses. Esta clase se fortaleció en los siglos XIX y XX, y en muchas sociedades logró ventajas y acceder a parcelas de poder. En el siglo XXI se ha consolidado, aunque la brecha entre ricos y pobres se ha expandido.

No hay una definición exacta de clase media, pero se la describe como una colectividad que comparte valores, posee una estabilidad financiera y disfruta de una calidad de vida, que aspira traspasar a su descendencia. El “confort” es la panacea de la clase media, instalada en el establishment o sistema. Para ello, la clase media cuenta con ingresos, mercado laboral, educación y cohesión social. En los países desarrollados, la clase media es la mayoría. En los de la periferia, la crisis económica la ha impactado por la tendencia de los Estados a meter sus manos en sus bolsillos. ¿Empobrecimiento a la vista?

¿La clase media es un concepto científico o un eslogan político? Les invito a releer a Max Weber. Entretanto, esperemos con paciencia la respuesta del papa Francisco. (O)

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