Redefiniendo el Buen Vivir

- 28 de noviembre de 2018 - 00:00

El Buen Vivir es la máxima aspiración de la humanidad. No solo la aspiración de uno, o de un grupo, sino de todos los seres humanos, y probablemente, de todos los seres vivos. Pero esa aspiración debe concretarse de alguna manera, así que la pregunta por el Buen Vivir no debe estar centrada tanto en sus posibilidades ónticas que redundan en lo obvio, sino en las formas de su concretización.

Y no hay, desde luego, una sola fórmula para alcanzar el Buen Vivir, pero sí hay condiciones que como sociedad podemos construir.

Se me ocurre que, contradiciendo los documentos tradicionales de los derechos humanos, una de las primeras condiciones para el Buen Vivir no es solo el derecho a la vida, sino el derecho a la buena vida. Pero si en las sociedades democráticas actuales ni siquiera estamos seguros de que se cumpla a cabalidad el respeto a los derechos humanos para todos, debido a la inequidad que impera y avanza; es lógico que plantear el Derecho a la Buena Vida resulte una propuesta incomprensible, utópica, y sea directamente descalificada.

Pero aquí aparecen otras dos condiciones para construir el Buen Vivir: por un lado, la libertad de acción y el pensamiento propio, capacidades que, por cierto, son cada vez más difíciles de encontrar debido a un sistema de educación que no está pensando en dar pasos para una superación social cualitativa, sino en el perfeccionamiento de lo existente; y por otro lado, la capacidad de organización social para el Buen Vivir, una capacidad que ya no esté animada por las ficciones de la empresa capitalista, sino por el simple beneficio de la felicidad, y que permita la transformación de la política (del Estado, los partidos, los intereses, la corrupción consustancial) en lo político (el ejercicio permanente de defensa de la identidad personal y colectiva), en un marco de convivencia sustentada en el Derecho al Buen Vivir de todos. (O)

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