La ética de la revolución

- 09 de julio de 2018 - 00:00

La sociedad sin violencia es la sociedad a donde deberíamos llegar. Una sociedad de libertad, justicia, paz. Esta sociedad para nosotros es la sociedad del Buen Vivir.

Ahora bien, la sociedad capitalista es una sociedad que impone su reproducción no sin violencia y coerción cada vez más perfeccionadas. La superación de este orden, la revolución de lo establecido, el advenimiento de lo posible sobre lo actual supone naturalmente la violentación de tal violencia y, por tanto, la ruptura del orden instituido, esto sobre la base de una inexpugnable coherencia entre medios y fines.

Esta relación de coherencia dice Herbert Marcuse, constituye el problema ético de la revolución. Es decir, no se puede hacer la sociedad de Buen Vivir ni a balazos ni a costa de quedarnos sin agua por favorecer las lógicas desarrollistas asentadas en el extractivismo, como no se puede ampliar la democracia fortaleciendo las jerarquías o limitando derechos.

Entonces no se trata de encontrar aquellos elementos legitimadores de la violencia revolucionaria para la transformación porque simplemente no es posible hacerlo. Pero sí se puede encontrar la legitimidad de la revolución en la constatación de la ausencia de la razón en el ordenamiento actual en términos de justicia, libertad y satisfacción de las necesidades para todos, de tal manera que cualquier movimiento social (revolucionario) tendría como condición el proveer de “motivos racionales que permitan la comprensión de sus aportes a la libertad y la dicha humana” (Marcuse), pero además que sus medios sean adecuados y oportunos para tal fin.

Aquí radica uno de los elementos clave del proceso educativo e investigativo del Buen Vivir, que no apela a la dictadura del ilustrado, sino simplemente a la toma de conciencia participativa sobre nuestras condiciones de vida y nuestras posibilidades y necesidades de transformación de manera razonable. (O)

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