Un posible legado de Rusia 2018

- 07 de julio de 2018 - 00:00

El triunfalismo argentino llegaba a límites de vergüenza, y la perorata vocinglera y hueca de decenas de comentaristas alcanzaba cimas de ridículo, cuando en pocos minutos tres goles franceses dieron un baño de realidad que el mundo entero vio en la televisión.

Incluso al final de ese partido que no enfrentaba a Molière con Borges, ni a Paul Valery con María Elena Walsh, hubo un segundo en el que pareció que milagrosamente se alcanzaría un empate dilatador de esa agonía deportiva. Pero al menos para quienes amamos el deporte en general, y especialmente el buen fútbol, la lógica se imponía.

Así murió otro sueño desmedido: el de millones de argentinos que en el fútbol esperaban no ver el engaño gigantesco del que fueron, son y siguen siendo víctimas.

Claro que lo de Rusia este año es mucho más penoso que todo lo anterior. En el 94 y el 98, en 2002 y 2006, en 2010 y 2014, mi generación se ilusionó y desilusionó viviendo derrotas en todos los torneos mundiales. Pero eso no es lo grave. Lo gravísimo es que no se aprenden las lecciones, las conductas son cada vez peores, las dirigencias son más y más corruptas e inútiles y la incapacidad autocrítica es nula de toda nulidad.

Todas las taras argentinas se repiten, pero ahora una vez más el fútbol es el espejo que nos devuelve la imagen más dolorosa.

Dirigentes incapaces devenidos vulgares operadores políticos, entrenadores farsantes que ocupan el lugar que abandonaron los más capacitados, barras violentas consentidas por inmorales, y jugadores frivolizados que hacen esfuerzos enormes hasta aprender, en sus corazones, que el solo esfuerzo nunca alcanza.

Y es que saben que sus virtudes naturales de poco valen si no tienen detrás un riguroso conjunto de factores benéficos que los contengan: trabajo serio y continuado, tiempo y análisis, educación integral, guía moral por parte de los técnicos, y nada del bestiario machista de miles de grotescos, embrutecidos y violentos hinchas.

Futbolero como el o la que más, este escriba lamenta el nuevo fracaso, que no por recontranunciado duele menos. Y lamenta sobre todo, y esa es la razón profunda de este texto, que nos cueste tanto aprender, como pueblo, y entonces repitamos una y otra vez, y otra más, las mismas necedades. En el fútbol y en la política.

Dedico este texto a la memoria de dos amigos y colegas que no dudo hubiesen confirmado todo esto: Roberto Fontanarrosa y Osvaldo Soriano. (O)

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