El poder de la maldad

- 16 de abril de 2019 - 00:00

Estos días el país entero ha podido ver el poder inmenso de la maldad. Durante siete años ese parásito llamado Julian Assange vivió a costa de los ecuatorianos. Seis millones de dólares y más nos ha costado la mantención de este individuo viviendo en el interior de nuestra embajada en Londres. Assange es estiércol del correísmo.

El correísmo desmanteló el servicio exterior ecuatoriano. Lo puso al servicio de sus radicales posturas ideológicas; en ese juego, Patiño le dio asilo a Assange para darle cabida a un hacker profesional en guerra contra las potencias occidentales. ¿Qué teníamos qué hacer nosotros los ecuatorianos en ese juego de intereses, más allá de nuestras posibilidades?

Era la supuesta grandeza de Correa. En ese momento Correa pensaba que podía llegar a ser emperador de América Latina o emperador de la constelación de la vaca y la rata. Con los Alvarado manejando el aparato de publicidad, cualquier absurdo era posible. No les bastaba con haber destruido las libertades en Ecuador, iban por más.

Dar protección a Assange en nuestra embajada fue un acto de maldad. El poder de la maldad. Porque este tipo no estaba siendo perseguido por atentar contra la libertad de prensa ni nada por el estilo, sino que estaba acusado por una acción delictiva: de violación.

Ya encerrado en la embajada, Assange nos despreciaba, nos llamó “país insignificante”. Se veía como un importante dándonos importancia. Era el rey de una nación incivilizada que exigía reverencias.  Todas esas decisiones perversas, usando los dineros públicos para los caprichos del poder. Assange fue una confabulación del correísmo contra la sensatez mínima que exige el  gobernar pensando en los demás.

Yo respaldo al presidente Moreno. Está demostrando temple, fuerza de gobernante: está liderando. Invito a todo el país a respaldarlo. Moreno es el bien: el correísmo es el poder de la maldad, de destruir, odiar, hackear nuestras cuentas privadas y exhibir nuestras intimidades. Correa no tiene límites porque la maldad tampoco los tiene. (O)

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