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El Telégrafo
María José Machado

Del paterfamilias al sugar daddy

05 de febrero de 2022 00:00

Eva Illouz, socióloga franco-israelí, afirma que en todas las sociedades que privan a las mujeres de poder económico y social, estas intercambian su sexualidad por el poder de los hombres. El fenómeno sugar daddy es un ejemplo remozado de un contrato viejo como la humanidad. Se trata de un hombre mayor, adinerado y quizás con posición social, que da regalos y dinero a una sugar baby, mujer mucho más joven que él, atractiva y complaciente, que compensa con su compañía y belleza los obsequios que recibe, en un contexto de desigualdades estructurales, de género y económicas. Por tanto, el sugardaddismo vendría a ser el producto de la intersección entre capitalismo, patriarcado y su expresión feminizada en el consumismo asociado al mito de la belleza. La relación entre el sugar daddy por oposición a la sugar baby puede ser una forma encubierta o explícita de prostitución, aunque no siempre se contempla en el pacto de lxs sugars el vínculo de carácter sexual.

 

En el imaginario actual, la figura del sugar daddy es objeto de bromas y de glorificaciones y forma parte de los anhelos de consumo de muchas mujeres heterosexuales y varones gays jóvenes, y de hombres mayores, por su parte, como promesa de juventud. De hecho, es frecuente escucharlas decir, medio en broma, medio en serio, que buscan que un sugar las apoye para comprar aquello que no podrían por sus propios medios: viajes lujosos, joyas, ropa cara o cenas en restaurantes de alta gama. El mundo contemporáneo de vidas mediatizadas por las redes sociales demanda una producción de los cuerpos que requiere de gran inversión de tiempo y de dinero para su cotización en el mercado laboral y sexual.

 

Lo que empezó como una broma, cada vez va tomando más fuerza en los discursos. La crisis económica, sumada a la profundización de todas las inequidades en la pandemia por COVID-19, ha creado el escenario para que más mujeres con problemas económicos deban modificar no solamente sus alternativas de sobrevivencia, sino sus propios imaginarios de autonomía. Últimamente se lee con frecuencia en redes sociales como Twitter que varias mujeres dejarían sus trabajos y sus vidas tal como las conocen para que un sugar daddy las mantenga. Sin embargo, ya no le pedirían regalos costosos y “caprichos” como cirugías y viajes, sino gastos tan básicos como el arriendo, atenciones médicas y comida.

 

Ante la ausencia de protección social y de un Estado que cumpla con sus obligaciones básicas de garantizar los derechos económicos y sociales de las mujeres, muchas sobreviven con trabajos precarios, llenas de deudas y apenas alcanzan a pagar sus cuentas básicas. También es frecuente que después de las separaciones, las mujeres sean despojadas de sus bienes, o que, dentro de uniones de hecho, noviazgos o matrimonios deban asumir solas las cargas económicas y de cuidados de sus familias. Ya no está vigente el modelo arcaico de hombre proveedor y mujer cuidadora y las actuales condiciones hacen que para muchas ese escenario sea más deseable que la ilusión actual de liberación, aunque detrás de la provisión material está, en no pocas ocasiones, el control de los cuerpos, las decisiones, la economía, la vida y el tiempo de las mujeres.

 

 

Asimismo, existen numerosos hogares monoparentales liderados por mujeres por el abandono masculino de hijas e hijos y la evasión de responsabilidades económicas y de cuidado. Es entendible, en este escenario, que los anhelos, las expectativas emocionales y los vínculos afectivos se modifiquen hasta el punto de añorar esta figura que, como tabla de salvación, vendría a amortiguar las consecuencias de una vida cada vez más precaria.

 

La feminización de la pobreza es un hecho que se verifica en la brecha salarial (que las mujeres ganemos menos que los hombres por hacer el mismo trabajo), en que los índices de desempleo, empleo inadecuado y trabajo no remunerado estén feminizados, en las dobles y triples cargas laborales que asumimos (trabajo fuera de casa, trabajo doméstico y de cuidados, trabajo comunitario), en los obstáculos para el acceso al crédito y a la propiedad de la tierra y en la precariedad generalizada de las condiciones de vida de todas nosotras. Pero especialmente de las mujeres en situaciones de múltiple vulnerabilidad, como las niñas, adolescentes, migrantes, racializadas, con discapacidad, privadas de la libertad o de las disidencias sexogenéricas. La situación económica de las mujeres ha empeorado y ha aumentado el número de mujeres que ejercen la prostitución para subsistir.

 

No es posible dirigir las críticas a las mujeres que fantasean con un sugar daddy o moralizar la decisión de entablar este tipo de relaciones, sino al sistema que favorece estas decisiones. Sin embargo, desde el análisis feminista, como varias estudiosas han señalado, el mito de la “libre elección” lleva a ciertas narrativas que incluso ven en estas decisiones signos de “empoderamiento” y al feminismo como un movimiento que debe apoyar todas las decisiones de las mujeres. La crítica feminista permite poner en crisis las premisas por las cuales las mujeres tomamos las decisiones que tomamos. No se trata de criticar a las mujeres por tomar decisiones, sino de comprender los motivos que nos llevan a hacerlo.

 

Es comprensible que, en un contexto de pobreza y cambios en las relaciones de género, la desigualdad tenga nuevos rostros. Los sugars ejercen un poder económico y de decisión sobre las mujeres que dependen de ellos por necesidad; como antes niñas, niños y mujeres dependían de la figura del Paterfamilias del derecho romano para subsistir. Las sugars ejercerían otro tipo de poder (como sugiere Catherine Hakim en su controversial tesis sobre el capital erótico) pero un poder que, desde luego, es subsidiario al económico y político que lo siguen ejerciendo los hombres.

 

Muchas mujeres estamos cansadas de trabajar y de ganar menos, cansadas de que la sociedad capitalista y consumista nos exija juventud y belleza eterna, cansadas del empobrecimiento en que nos dejan las relaciones violentas que nos despojan de nuestros recursos, cansadas de asumir solas responsabilidades económicas y de cuidado que deberían ser compartidas y cansadas de que detrás de la promesa de autonomía del trabajo remunerado haya estado la trampa de la doble carga laboral. Mientras más nos incorporamos al mercado de trabajo, que es precario, no cesan nuestras obligaciones como madres y cuidadoras y tenemos menos tiempo y espacio para el ocio y la vida propia. A la par, la telerrealidad, las redes sociales, las plataformas de streaming y los medios masivos de comunicación venden ideales de vida asociados al consumo y a los estándares de belleza que ejercen presión sobre nosotras y hacen cada vez más difícil la aceptación propia o la validación externa de un mercado de trabajo y romántico que exige una apariencia apropiada.

 

De broma en broma se van creando estereotipos e imaginarios. El del sugar daddy, curiosamente y quizás por esa edulcoración de la dominación masculina, se ha vuelto un fenómeno social y ha dejado, cada vez más, de ser visto como moralmente reprochable. Mientras más mujeres acceden a la educación, incluida la superior, el movimiento feminista y sus logros son imparables, más mujeres están en cargos de decisión o emprenden sus propios negocios y tienen posiciones de liderazgo, persiste el núcleo duro de la dominación machista, y el terreno íntimo, emocional y de los afectos todavía está permeado, profundamente, por estructuras conservadoras y misóginas.

 

Incluso las mujeres que nos autodenominamos feministas hemos bromeado sobre la necesidad de un sugar para llegar a fin de mes. Para nuestra generación ya casi no existe la esperanza de la casa propia, la finquita, el barquito pesquero y peor de la jubilación digna. Es así que, aunque nos esforcemos en hacer bromas intergeneracionales sobre la brecha digital entre millennials y boomers, son estos últimos quienes tienen todavía el poder económico y político. Y si lo analizamos en clave de género podremos ser nosotras quienes nos burlemos de los sugars, pero seguirán siendo ellos quienes pueden pagar la cirugía o, peor aún, la comida del mes.

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