Pandemia perpetua

- 18 de septiembre de 2020 - 00:00

La frase me la dio mi amigo Iván García, un excelso cantante lírico de trayectoria internacional: “estamos condenados a Pandemia perpetua…” Con estas palabras, manifestaba Iván un estado de ánimo generalizado por el encierro, que en Argentina lleva seis meses, pero moviliza a reflexionar hasta llegar a la conclusión de que ese es el estado por el que atraviesa el mundo.

Y si condenados a perpetuidad pandémica estamos, es porque algo habremos hecho. Esas condenas no son gratuitas aunque nos creamos Rubin “Hurricane” Carter (1937-2014) aquel recordado boxeador que fue condenado por un crimen que no había cometido y que Bob Dylan y Denzel Washington, inmortalizaran cada uno a su tiempo y en su justa medida.

Por acción o por omisión, llegamos hasta aquí, como protagonista de este desastre organizado que nos tiene con un bozal como barbijo y viendo como la vida cotidiana se pauperiza y el trabajo formal se torna indeleble cuando no se lo ha borrado del todo.

Parálisis productiva y crisis en diferentes estadios, según la posición planetaria y las alianzas que los que manejan la marioneta universal supieron tejer en su momento, mientras se avizora como todo horizonte los muros de un penal imaginario sin salidas a la vista.

Así las cosas, es deseable que hayamos aprovechado este tiempo muerto para hacer un “mea culpa”, Por lo demás, no nos queda más que trabajar en una apelación que nos revierta la condena, como todo recluso que se precie. Para ello, necesitamos buenos defensores (estadistas) e ideas creativas para lograrlo y así volver a recuperar la posibilidad de una normalidad que hoy, como nunca antes, se vislumbra como “la Libertad”.

Pero esa especie de “defensores” ergo políticos y estadistas, pertenecen a una raza en extinción. Entonces, si vacuna no hay ni se la espera, si Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, seguirán allí en sus recurrencias y por aquí abajo, todo sigue siendo taciturno e hipocondriaco, con el permiso de don Antonio Machado, solo nos queda ser protagonistas de nuestro propio destino e intentar lo que todo recluso que se precie, tiene entre ceja y ceja: una fuga… hacia adelante.

 

 

 

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