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Jéssica Jaramillo

El odio como discurso político

24 de octubre de 2020 00:00

El ejercicio de la política no es tarea fácil, requiere de inteligencia, propuesta, visión de futuro y empatía con el sentir de los ciudadanos que se pretende gobernar.

Sin embargo, parecía que en el Ecuador, aquello no es necesario, aquí los aspirantes a líderes optan por la “oportunidad”, el show mediático, la burla, la amenaza, la agresión física, apoyado por unos pocos.

La violencia no se justifica, pero no se puede combatir las expresiones sociales de descontento popular con golpes o con patadas, peor aún con racismo. No se puede ni se debe sacrificar la paz de la Nación por intereses personalísimos de quienes quieren capitalizar en los extremos.

El ejercicio de la política requiere de la moderación en cada palabra de los diferentes actores. Precisa de una profunda vocación democrática y convicción ideológica; de responsabilidad y respeto por el otro, evitando la crispación y el enfrentamiento entre hermanos, por ello el divisionismo y fascismo, no deberían tener espacio.  

Y aunque en América Latina estos discursos son aplaudidos y elogiados, en Europa encienden alarmas.  Ángela Merkel ha zanjado diferencias de la Democracia Cristiana con el partido nazi (AfD), adjetivando a la ultra derecha como “fuerzas antidemocráticas”.

Esta semana Pedro Sánchez le ha dicho a la ultraderecha de Vox: “…en España se ha perdido la libertad de humillar a los homosexuales, de pegar a las mujeres (…) su libertad -señor Abascal- es la opresión de la mayoría de ciudadanos”. Aquí incluso el Partido Popular (derecha) se ha negado a respaldar a los ultras.

Contrario a lo que se piensa, los debates ideológicos, están más presentes que nunca en el mundo, dejando claro que el fascismo, el racismo, la homofobia, el machismo y la intolerancia son un riesgo para toda democracia.  

Finalmente el odio como discurso, solo sirve a quienes viven, facturan y lucran de esa polarización, cuyo único mérito es el insulto. (O)

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