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José Velásquez

Nos están matando

30 de noviembre de 2020 00:00

Era pintor, tenía bigotes y fumaba. Caminaba desgarbado y sabroso con un ejemplar de la Extra doblado en varias partes bajo el brazo, aunque nunca lo vi leyendo. El maestro Carlos era un buen tipo y yo le ayudaba lijando las paredes mientras me contaba chistes. Un día no vino más y mi papá me explicó luego que el maestro había tenido una vida violenta, que antes había sido ladrón y que incluso estuvo preso pero que se había rehabilitado. Que en el periódico llevaba escondido un cuchillo, que en esos días habían robado el colectivo en el que viajaba y que resolvió desenvainar a su inseparable compañero para enfrentar a sus excolegas. Llevó la peor parte.

Es difícil hablar de la delincuencia sin hablar de los delincuentes. Es verdad que son ellos los que aprietan el gatillo o empujan el puñal, pero no es menos cierto que detrás de cada asalto se cuenta un fracaso del estado. Nos han abandonado a todos hasta hacer de esto una jungla peligrosa y traicionera. Aquí sufrimos a los criminales y nos olvidamos de los coautores indirectos que permanecen incólumes allá en sus despachos.

¿Con qué cara se golpean el pecho los asambleístas después de haber decapitado a una Ministra por intentar frenar la arremetida de octubre del año pasado? Trece meses después, ¿cuál es su respuesta ante las vidas perdidas, las ciudades violentadas, el arrasado Centro Histórico de Quito y los periodistas y policías retenidos contra su voluntad? Mientras le prendían fuego a la Contraloría y a Teleamazonas, la Asamblea se mostró impávida, el alcalde Quito desapareció convenientemente y el Defensor del Pueblo coqueteó con la ambigüedad. Siempre el cálculo por encima del bien común.

Si nuestros líderes endosan así la impunidad y la anarquía ¿qué puede esperar el esforzado ciudadano de a pie al que le apuntan con un arma? ¿Qué tipo de respaldo puede encontrar la alcaldesa Viteri en un partido que hoy prioriza su nube política? ¿Qué mano dura puede aplicar el nuevo ministro de gobierno si entra condicionado por la coyuntura? ¿Con qué respaldo se levanta un agente policial en la mañana si quizás le toque arriesgar su vida con recursos limitados para que un juez o jueza, cuya oficina queda a media cuadra de un cajero automático, brinde escandalosas medidas sustitutivas?

Este es un país de cómplices y encubridores de la delincuencia común. Aquí tenemos un código penal que podría resultar eficaz; el problema radica en quienes no lo hacen cumplir. Son cotidianas las historias de jueces liberando sorpresivamente a asesinos al volante, femicidas, estafadores, criminales de vereda y agresores de turno. No importa si la Fiscalía se esfuerza o no porque las gestiones suelen naufragar en el juzgado. Para nadie es un secreto que el Consejo de la Judicatura es el monumento al fracaso y que el actual concurso para jueces de la Corte Nacional está salpicado y manchado.

Y en medio del caos, la gente se confunde y agrede caprichosamente a los agentes del orden. Otros se ofuscan y piden replicar la experiencia de uso libre de armas de Estados Unidos, sin reparar que en este país abundan los tiroteos iniciados por civiles desquiciados.

No tenemos problemas como las pandillas callejeras que convirtieron a San Salvador en una de las ciudades más peligrosas del mundo, ni carteles del narcotráfico apoderándose de buena parte de la economía formal como en México. Pero lo que tenemos hoy es suficiente para corroer aún más la sostenibilidad de nuestra sociedad.

Esto no se arregla con parches emergentes como enviar militares a las calles. La delincuencia es la consecuencia de varios factores, desde la falta de oportunidades, hasta la migración desordenada. Por lo tanto, para vencerla hay que atacarla desde sus raíces y de manera sostenida; todo eso mientras se reconstruye la instancia judicial, se recompone el sistema carcelario, se robustece a la Policía y se empodera a la Fiscalía. Ojalá este Gobierno quiera cooperar con los municipios y permita que le brinden apoyo más allá de sus competencias. Que a las acciones inmediatas se sumen soluciones de fondo y que el próximo Presidente asuma este reto como una prioridad urgente, porque nadie quiere vivir bajo la sombra de la violencia, envolviendo cuchillos en papel periódico para intentar defenderse del próximo ataque.

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