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Simón Valdivieso Vintimilla

Nos encanta votar

11 de diciembre de 2020 00:00

Sin el garrote de la ley, andaríamos a palos unos a otros, se comenta. Y de ahí que se inventaron aquello del voto obligatorio, por mandato de la ley, para que todos nos sometamos a unos cuantos que hablan en nombre de nosotros y deciden por nosotros, aunque no estemos de acuerdo, pero  al final a eso le llaman democracia.

Y decimos que nos encanta votar para poner de manifiesto que es falso aquello de que si el voto no fuera obligatorio nadie fuera a las urnas y quienes tienen más billuyo serían los ganadores.  Y a la par también comentamos que esa falsedad se ve reforzada porque a todos nos gusta, por decir poco, nos encanta, o por lo menos desde niños nos enseñaron-obligaron a elegir y ser elegidos.

Nos encanta votar como nos hechiza elegir y ser elegidos. En cualquiera de los dos últimos supuestos conlleva sentirse importante por doble vía. Recuerdo que nos hacíamos de rogar para aceptar ser candidato, pero en el fondo lo que deseábamos es regresar a casa y contar que fuimos elegidos, y como se hizo la elección.

Entonces votar es algo que lo traemos desde siempre, pues vale recordar o hurgar la memoria de cada uno y encontrarnos que desde el primer día de clases, del primer grado de escuela hasta el último año de universidad, teníamos, digo, nos obligaban a votar porque había que elegir al presidente del grado, del curso, al secretario y vocales, incluido el de deportes.

Y lo cierto es que los favorecidos no hacían nada, o no respondían a lo que unos cuantos pedían, pero al final no pasaba absolutamente nada  y nadie reclamaba. Elecciones en el primer día de clases y de esa manera se formalizaba el año escolar, aunque en el decurso del período no se haya advertido acción alguna.

Eso es exactamente lo que sucede en lo macro en nuestro Ecuador esquilmado. En las esferas gubernamentales y  en las de la asamblea nacional. Les hemos elegido y entre ellos se vuelven a elegir, en otras palabras nos encanta votar. Por ello no hay que tener miedo a apostarle a la supresión de la obligatoriedad del voto. (O)

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