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El Telégrafo
Arianna Tanca Macchiavello

De niños y filósofos

17 de enero de 2022 00:00

¿Qué tienen en común los niños de 4 años y los filósofos? Pues se preguntan el "por qué" de todo cada 5 minutos. Esta curiosidad por entender el funcionamiento del mundo es el norte en la búsqueda del conocimiento. En este camino tomamos posturas a favor de algo y en contra de otra cosa. Nos encanta contarle al mundo lo que nos apasiona, por eso opinamos. La pregunta es ¿podemos cambiar de opinión?

 

La respuesta obvia es que sí. Sin embargo, no es tarea fácil. Jonathan Haidt, profesor de NYU, apunta que nuestro juicio es primero intuitivo y luego racional. Por ello, las opiniones políticas son muy difíciles de cambiar. Nos aferramos a ellas porque, de cierta forma, le dan sentido a nuestra vida. Es por esto que debatir se vuelve un ring, un sparring de interlocutores.

 

La argumentación fue clave para el desarrollo de las civilizaciones. Imagínese, querido lector, en la época de las cavernas cuando nuestros antepasados debían coordinar acciones. Pedro Picapiedras seguro tuvo que convencer a Pablo Mármol sobre un criterio bajo la premisa de ser conveniente. La utilidad de estos intercambios, de estos debates, todavía siguen vigentes.  La democracia necesita de consensos mínimos para funcionar. El diálogo es la herramienta para este fin. 

 

Algunos milenios más tarde olvidamos (o preferimos ignorar)  la importancia de estos intercambios. El gran problema del debate político en el país es el poco esfuerzo destinado para entender la postura contraria. En el ring del debate, lanzamos un golpe fácil, el  señalar una falla en el razonamiento contrario para ganar la pelea. Esta discusión, motivada desde el ego, no contribuye a mejorar el entendimiento sobre un tema. Tener la razón nos aleja de la búsqueda de la verdad.

 

Las ideas no muerden, están para ser debatidas. Abandonemos el miedo de exponernos a criterios que nos contradicen. En algunos casos cambiaremos de opinión, en otros, ratificamos nuestra postura. Lo importante es poner a prueba nuestras bases intelectuales y seguir aprendiendo. Se trata de comprometernos con el conocimiento, aunque el camino sea cuesta arriba. 

 

Necesitamos humildad y honestidad intelectual. Necesitamos cultivar la voluntad y la habilidad de comprender el mundo a través de los ojos de alguien más. Necesitamos discutir sin el afán de burlar, minimizar o cancelar las ideas ajenas sino de reconocer a nuestro "oponente" como legítimo. Esto no implica relativizar o vaciar significantes. Simplemente se trata de acercarnos a lo certero utilizando las herramientas correctas.

 

El mundo no tiene un manual de instrucciones. No lo cambiamos a decretazos. El progreso moral e intelectual es orgánico y evolutivo. Es un largo proceso de prueba y error. Somos humanos. Debemos entendernos mediante las palabras y el diálogo, si queremos lograr cambios desde el sistema político. 

 

Con esta pequeña reflexión los invito a cambiar de opinión. A pensar sobre nuestros sesgos, prejuicios y el ruido que nos impide acercarnos a la verdad. Seamos como los niños y los filósofos. Seamos curiosos y continuemos asombrándonos de lo cotidiano, sigamos equivocándonos, sigamos aprendiendo. Todos nacemos filósofos, no perdamos el camino.

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