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José Valés

Netflix y el peronismo pontificio

17 de enero de 2020 00:00

Vamos entendiendo ya cómo Netflix comienza a taladrar las conciencias, incluso de los líderes eméritos. Desde 2013, cuando cedió el lugar a Francisco, Benedicto XVI supo brillar por su ausencia. Ahorró hasta los gestos y poco y nada se supo de él, hasta que se vio reflejado en la piel de un mito actoral como Anthony Hopkins. De repente recordó, incluso, que manejó con mano de hierro la Congregación Doctrina de la Fe (lo que alguna vez fue la Santa Inquisición).

Solo así parece interpretarse el hecho de que aparezca ahora quitando su firma del libro sobre el celibato para desatar la primera discusión sobre su rol y el del sumo pontífice argentino ¿Problemas de cartel? No debería ocurrir. La revista Hola está muy ocupada con Megan y Harry, y la Vanity Fair se ocupa mucho -y mal- de la candidatura al Óscar del actor de “color” (¿?) Antonio Banderas, por su papel en Dolor y Gloria que de The Two Popes.

Por lo pronto, Francisco sortea una agenda complicada. Los conservadores acechan sobre su papado, pero él se hace un lugar para atender la agenda del cargo que más le gusta y convence: el de “jefe espiritual del peronismo”.

No solo recibirá al presidente argentino Alberto Fernández el próximo 31 de enero. Sino que unos días después será testigo de cómo el ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, y la presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, se reúnen en la Santa Sede, bajo su atenta mirada y la del premio Nobel Joseph Stiglitz, padre intelectual de Guzmán y algo así como el “Papa” de la banca internacional.

Todo un gesto, un esfuerzo en su condición de Santo Padre peronista, para evitar lo peor en Argentina. Donde los números de su economía no cerraron, no cierran y, muy probablemente, no cerrarán.

No en vano el peronismo es el único movimiento político en la faz de la Tierra que dio un personaje que supo llegar más lejos que su líder fundador: el papa Francisco. Un hecho que cualquier país podría aprovechar al máximo. No es el caso de Argentina, donde hasta la fe sufrió los efectos de la devaluación permanente. (O)

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