Esa casualidad llamada Ecuador

- 06 de diciembre de 2018 - 00:00

Ese misterioso y, siendo sinceros, algo peligroso algoritmo que utiliza Netflix, me sugirió un programa llamado Final Table. La idea del programa no es nueva ni revolucionaria: es una competencia de cocina. Es decir, el algoritmo funciona. En la competencia participan equipos compuestos por dos chefs, y resulta que uno de los 24 chefs participantes es ecuatoriano.

El chef Rodrigo Pacheco, dueño del restaurante Boca Valdivia, en Puerto Cayo, para hacer la publicidad completa. Sin temor a dañar el suspenso, a Pacheco le va bien. Su comida -los platos que prepara con su compañero- es descrita como “obra de arte”, “magnífica”, “perfección en un plato”.

Pero incluso antes de saber el desempeño del chef Pacheco, el simple hecho de escuchar que un ecuatoriano estaba participando, de escuchar nombrar a Ecuador, me llenó de orgullo. Me volví el fanboy número uno. No existe nadie en mi círculo que no me haya escuchado hablar “del programa ese” donde está el ecuatoriano. Porque el nacionalismo es complejo. Somos una casualidad geográfica y, sin embargo, nos enorgullecemos, o por lo menos yo me enorgullezco, de esta casualidad.

Estamos llenos de defectos, nuestra historia, llena de episodios vergonzosos; nuestra representación internacional, llena de bochornos. Entonces nos agarramos de esas pequeñas victorias, esos pequeños destellos de lo que podemos ser, aunque nos cueste ver en qué capacidad la singularidad de ser ecuatoriano fue lo que permitió que sucedieran. Y aun así es raro agarrarse de algo como eso por mucho tiempo. Porque si bien los destellos brillan más fuertes en la oscuridad, seguimos rodeados de oscuridad.

Al punto que terminamos por desdecir esa casualidad de ser ecuatoriano. Terminamos por desmitificar nuestra nacionalidad hasta desdecir de ella. En el fondo, no es racional enorgullecerse por una casualidad geográfica. Pero lo hacemos. Lo hacemos porque tenemos una experiencia común, un sufrimiento común, desilusiones comunes, y anécdotas nacionales comunes.

Suficientes para que este migrante ecuatoriano se llene de orgullo por la casualidad de serlo, cuando otra casualidad nacional nos da una razón para estarlo. (O)