Una Navidad más (I)

- 16 de diciembre de 2019 - 00:00

Conforme la RAE, el significado del término ‘Navidad’, en su primera acepción, equivale a la “(…) festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo”; tal suceso fue, es y será el más importante de la historia de la humanidad: la decisión de Dios de hacerse como nosotros, para, sin dejar de ser lo que era, pasar a ser lo que no era (humano), con el fin de demostrarnos con su vida 0 ostentación (nacido en un pesebre, compartiendo con quien lo engendró, la Virgen María, acompañada de su esposo San José, con presencia de animales), que es posible amar sin medida –inclusive a quienes intentan hacernos daño–, y sobre todo darnos esperanza al brindarnos la oportunidad de poder compartir su naturaleza divina y lo que todo ello implica.

Al respecto, con absoluta precisión cognitiva y espiritual, el Papa Juan Pablo II (canonizado por el Papa Francisco, en abril de 2014) manifestó en su homilía de la misa del 24 de diciembre de 2002, lo siguiente: “Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; (…) El Niño acostado en la pobreza de un pesebre: esta es la señal de Dios (…) señal de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado. Señal pequeña y frágil, humilde y silenciosa, pero llena de la fuerza de Dios, que por amor se hizo hombre”.

Reflexionando, es notorio que la esencia de la Navidad está en ‘ese darse’ de Dios al mundo, a través de la venida de su único Hijo, hecho niño, el propósito de esa venida y nuestro actuar frente a ese regalo.

No obstante, parecería ser que nuestras sociedades, de manera paulatina, han suplantado esa esencia por la conmemoración de un “momento” (día 25, o la mayoría de días del mes de diciembre); momento donde cada vez hay menos tiempo y espacio en nuestras vidas para quienes lo merecen (nuestros familiares y quienes necesitan de nosotros), pero sí hay tiempo y espacio, de sobra, para los “nuevos necesitados”: regalos, celebraciones, centros comerciales y smartphones.

¿Dónde hemos ido?... (O)