Museo Nacional del Ecuador

- 21 de mayo de 2019 - 00:00

El domingo visité, en las instalaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), el nuevo Museo Nacional del Ecuador (MuNa). La experiencia fue, sin sombra de duda, maravillosa. Se trata de un museo que vale la pena visitar, con obras que hacen de éste un lugar que deberá convertirse en una visita obligada para los turistas, pero también para los nacionales.

En efecto, entre otras, hallamos obras de algunos de nuestros grandes artistas contemporáneos: Egas, Kingman, Guayasamín, Tábara, Mideros, Zapata, Maldonado, Jácome, Endara Crow, entre otros. Encontramos, además, exposiciones temporales maravillosas, dignas de destacar. Ahora mismo, gracias a un convenio con el Museo del Prado de Madrid, se expone el cuadro “Los tres mulatos de Esmeraldas” (1599), del quiteño Sánchez Gallque. Esta obra es única en su género. Solo por ella valdría la pena pagar un boleto de entrada. Aunque –y esto es impresionante– la entrada no tiene costo alguno.  

Por supuesto, en el MuNa también se hallan piezas artísticas que van desde la época precolombina, pasando por la colonia y llegando a la modernidad. El trabajo metalúrgico, en barro y en otros materiales dan cuenta del ingenio de nuestras poblaciones indígenas. El arte colonial deja muestras claras del mestizaje, del sincretismo artístico que llevó a la creación de grandes escuelas, con grandes artistas. Manuel Chili Caspicara, Samaniego, Miguel de Santiago, Legarda, todos destacan en varias alas del museo.

El MuNa, por lo demás, está maravillosamente distribuido. Pocas cosas hay que le hagan falta, pequeños ajustes. Se trata, en mi opinión, de un trabajo muy bien logrado, de un lugar magnífico en donde se conjugan diferentes corrientes y períodos artísticos. En donde, además, se revaloriza el avance de nuestra cultura y de nuestro arte.

Un museo de este tipo debería ser visitado masivamente. Por supuesto, no me engaño respecto al estado de nuestra “cultura”, del consumo cultural medio de la población. Sin embargo, tengo la ilusión de que este tipo de lugares logren atraer cada vez a más personas. Solo de ese modo se seguirán multiplicando las obras de teatro, las exposiciones, las óperas, los conciertos. Quito, en particular, tiene el potencial para ser –más allá de los discursos– una ciudad auténticamente cosmopolita. Ese día, si el ciudadano común decide aportar lo suyo, podría llegar pronto. (O)

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