“Queremos pan y también rosas”
Ese fue el eslogan político de las mujeres sufragistas y obreras de Estados Unidos a inicios del siglo pasado. Se trata de reivindicar a la vez lo material y lo espiritual; la seguridad, el empleo, los salarios, pero también los derechos, el disfrute de la vida, el ocio, el placer: pan y rosas. El poema de James Oppenheim lo recoge “Queremos compartir las glorias de la vida: pan y rosas, pan y rosas”.
Hoy el país enloquece por la amenaza de un virus que ha generado pánico. Este virus no distingue sexo; sin embargo, hay otra pandemia más peligrosa porque es un proceso intencional que podría eliminarse: la violencia de género. Las mujeres estamos constantemente amenazadas y muchas terminan asesinadas luego de los primeros golpes.
Esto no parece sorprender a nadie, se ha normalizado que maten cada día a mujeres en este país y en el mundo.
Las mujeres mueren por el hecho de serlo; esto se denomina femicidio. ¿Qué significa morir por ser mujer? Quiere decir que si naciste mujer corres un riesgo que no lo correrías si naces varón; realmente, a partir del nacimiento viene un largo camino que aún está plagado de exclusiones, como el hecho de ser alimentada con menor calidad que un niño varón; la duda si estudiarás o no; la multiplicidad de tareas domésticas y de cuidados que se les encargan a las niñas.
A medida que creces mujer los riesgos se incrementan: el riesgo a que te maltraten, a que trabajes sin reconocimiento, a que te paguen menos, a que no puedas tener ninguna propiedad, a que no tengas una pensión por vejez y, finalmente, el riesgo de ser abusadas, violadas y asesinadas porque el hombre te considera su propiedad.
Este 8 de marzo queremos decir basta de vivir con miedo y queremos exigir, como lo dijeron hace un siglo: ¡Pan y rosas, pan y rosas! (O)
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