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El Telégrafo
María José Machado

Mi momento Britney 2007

16 de abril de 2022 00:15

De algún modo, todos vivimos con esta particular vulnerabilidad, una vulnerabilidad ante el otro que es parte de la vida corporal, una vulnerabilidad ante esos súbitos accesos venidos de otra parte que no podemos prevenir. Sin embargo, esta vulnerabilidad se exacerba bajo ciertas condiciones sociales y políticas, especialmente cuando la violencia es una forma de vida y los medios de autodefensa son limitados.

 

Judith Butler, 2006

Parece que muchas vidas son novelas de metamorfosis. Hay un momento (o pueden ser varios, pero para quienes rondamos los treinta años, quizás es un momento) en que una crisis puntual, llámese enfermedad, duelo, desempleo, ruptura, divorcio o viaje nos transforma para siempre. Hoy hablamos mucho de la salud mental. Por fin no es tabú. Ya no se piensa que solamente lxs locxs o las personas débiles de carácter van al psicólogx. La salud mental es un derecho fundamental y es la base de otros derechos. Quienes hemos convivido con alguna situación de salud mental –diagnosticada o sentida– podemos reconocer que a veces, como suelo decir con mis amigxs, una babosa nos coloniza el cerebro y no podemos pensar. A veces ni siquiera levantarnos. O más bien vivimos en automático, obedeciendo como robots a las exigencias del trabajo y de la vida. Sin mucha reflexión sobre si eso que hacemos nos gusta. Y llega el temido colapso. O ciertos arranques emotivos o de ira nos pueden llevar a hacernos daño o a rebelarnos contra quienes hemos querido mostrar que somos, pero no somos. Y cuando nos quebramos la gente dice que no se notaba. Porque así funcionan las máscaras.

 

La mayoría de lxs amigxs que tengo ya han pasado por su Britney 2007. Ese nombre lo escuché por primera vez de mis amigas Ana y Kruskaya con la facilidad que tienen las más jóvenes para simplificar un universo semántico en una estampa de la cultura pop. Britney Spears en la cresta de la ola de su fama sufrió un breakdown mundialmente famoso. Nosotras, como adolescentes, si fuimos sus fans o no, solo la vimos rabiar y desplomarse, raparse la cabeza frente al mundo, ser errática en repetidas ocasiones y aparecer en las revistas del corazón con furia en los ojos y echando por la borda su brillante carrera. Quizás la juzgamos en ese momento desde la ignorancia y a partir de los discursos sensacionalistas que no tuvieron empatía con la frágil salud mental de una mujer presionada por los medios, por sus parejas y su familia. No podíamos entender en ese momento qué pasaba con ella. La chica guapa que todas queríamos ser. La despampanante que sí se podía permitir vestirse de látex rojo entero o pintarse el párpado de un solo color, o salir a juego con su pareja del momento en un enterizo de jean. ¿Por qué una muñeca se destriparía a sí misma?

 

Una de las cuestiones más sensibles para las mujeres es la relación con nuestro cabello. El cabello es un marcador importante de clase, edad y sexo. Perder el cabello se mira como la irreparable desaparición de una de las principales cartas de presentación de las mujeres, sobre todo de las mujeres hermosas. Es parte importante del atractivo. La cabeza rapada en las mujeres antiguamente fue un corte de castigo, control y humillación. Desde hace algunos años, sin embargo, raparse para muchas mujeres presionadas a ser bellas es un acto de rebeldía y de vulnerabilidad, como lo demostraron Frida Kahlo, Sinèad O’Connor y frente al mundo, Britney Spears, un 16 de febrero de 2007. Ella entró a una peluquería al salir de un centro de rehabilitación. Pidió que le corten el cabello al cero. La peluquera se negó. Britney tomó una máquina de afeitar y se rapó ella misma. Quizás es uno de los más famosos cierres de ciclos. Se la veía triste y harta. Su gesto al hacerlo parecía macabro y desafiante. El mundo entero la leyó como desequilibrada. Para ella fue una forma de liberación, un acto de autodeterminación y rebeldía. No quería que nadie más le tocase el pelo ni que decidiera por ella. Iba a empezar de cero.

 

Britney explicó en una entrevista reciente que su momento de crisis, locura y posterior liberación, fue la consecuencia de su prolongada necesidad de agradar a las demás personas y hacer de su carrera lo que querían sus familiares, managers y fans. Conductas de riesgo como cantar envuelta en una serpiente, lo ultraescrutado que era cada uno de sus movimientos, la constante crítica sobre su forma de actuar y ser madre, llevaron a Britney a un bucle autodestructivo que tendría como trágico destino un período demasiado largo de relaciones violentas, pérdida de la custodia de sus hijos, tutela de su padre y de imposibilidad de valerse por sí misma, manejar su carrera y su patrimonio. Britney se “liberó” en 2007: se rapó la cabeza, golpeó paparazzis acosadores con un paraguas, se fue de fiesta en estado avanzado de embarazo; pero esa liberación fue leída como amenaza y la volvieron a encarcelar. Hace poco se liberó. Y pudo sobrevivir.

 

Sin siquiera pretender comparar lo sucedido con ella –que es particularmente trágico y sigue sin resolverse del todo– con crisis vitales más o menos devastadoras, hoy el momento Britney 2007 es útil para hablar de estas trizaduras del alma que pueden tener distintas duraciones. A veces solo tocando fondo es que nos hacemos, por fin, cargo de nuestros asuntos. A veces las desgracias no vienen solas, se juntan en combos curiosos. A no pocas personas les ha pasado que tienen un accidente, pierden el trabajo, enferma o muere su padre o su madre y se separan de sus relaciones de pareja en cuestión de días o semanas. El mundo como lo conocían desaparece y se sienten sin piso. Otras veces no existe un hecho detonante de la estrepitosa caída emocional, pero sí se ha colmado la capacidad de callar, negar que algo pasa, ocultar los sentimientos y vivir vidas no acordes a los deseos profundos; o sufrir la presión externa de un país colapsado, sin fuentes de trabajo, que naturaliza las violencias y las discriminaciones y que no ofrece oportunidades ni perspectivas.

 

En la pandemia casi todas las personas y familias perdimos algo o perdimos a alguien. El miedo, el encierro y la amenaza del contagio o el colapso económico por la crisis sanitaria nos dejaron con las defensas bajas ante las adversidades habituales de un mundo y de un país que de por sí ya no son fáciles de habitar desde hace mucho. En estos momentos ya se habla con más apertura de la salud mental, pero lamentablemente esta sigue siendo un privilegio, porque el acompañamiento profesional es un trabajo delicado y complejo que requiere años de preparación y que mientras no sea bien pagado por el estado, se lo asume particularmente desde las posibilidades de cada persona.

 

Muchxs nos hemos valido de tratamientos complementarios, acusados de “pseudocientíficos” para apoyar nuestro proceso terapéutico, para huir de él, o a falta de él. Es así que por primera vez nos tomamos en serio los libros de desarrollo personal, las lecturas de carta natal y de tarot, las terapias alternativas, las constelaciones familiares y la biodescodificación, antes de ceder a la tentación de raparnos la cabeza al cero. Prácticas como la meditación y el yoga son también muy útiles para reponer la mente, el alma y el cuerpo, pero no todas las personas están en la capacidad emocional y física de llevarlas a cabo. Es claro que buscamos consuelo y que necesitamos creer en algo. No es raro que las iglesias acaparen cada vez más feligreses en un intento de buscar sentido a la existencia y realización propia en lo comunitario, en sentirse parte de algo, cuando el aislamiento se volvió una forma de recogimiento interior pero también de desesperanza y de desesperación.

 

Lo importante es que la salud mental deje de ser un lujo y que sea garantizada como un derecho básico. La vida, para mí, ha sido un antes y un después de la terapia psicológica, un proceso que me ha permitido visitar aquello que me duele, que no he podido entender sola, que me ha llevado a tomar decisiones en contra de mis deseos o que me impide actuar a partir de la propia voluntad. Puedo identificar claramente mi momento Britney 2007 aunque en ese mismo instante no sabía que estaba pasando por él. Sí recuerdo tímidamente haberme cortado el pelo yo misma y haber vagado por las calles sin mucha orientación, con la mente hecha un mar de confusiones, llena de acné que mientras más odiaba y trataba de eliminar empeoraba, sin energía y viviendo en automático. Todo eso lo identifiqué después de haber podido emprender un proceso de recuperación que siento que lo será de toda la vida. Ese trabajo personal de una existencia coherente, en libertad y en autonomía está siempre inacabado. El tener una red de apoyo de familiares y amistades, pero sobre todo un apoyo profesional, son ventajas que deberían estar al alcance de todas las personas.

 

Lejos de pretender que la nueva superioridad moral se defina en función de si se ha ido o no a terapia, esta es altamente recomendable. En otros países la salud mental tiene el valor que merece y cuidarla no es solo un privilegio de las clases acomodadas. Muchas mujeres en nuestros treintas, inspiradas por la ilustradora mexicana Ange Cano, le hemos pedido perdón a Britney por haberla juzgado, por haber usado como meme sin reflexión la imagen de su cabeza rapada, por haberle exigido belleza cuando estaba en su peor momento emocional, por haber criticado sus comportamientos de riesgo y sus adicciones, sin entender la vulnerabilidad detrás de sus actos, a ella como persona, los monstruos que estaba enfrentando y a su vida como particularmente expuesta al mundo, desde temprana edad.

 

Cuando analizamos la vida de Marilyn Monroe o de Britney Spears desde una mirada feminista y empática, nos damos cuenta de que la construcción de los símbolos sexuales utilizados para medir a las estrellas y para medirnos, compararnos y odiarnos a nosotras mismas, es profundamente patriarcal y prefiere las formas atractivas por sobre los deseos y aspiraciones de las mujeres de carne y hueso que deben usar estos disfraces, para ser elevadas por el público, como ángeles celestiales, y repudiadas y degradadas en un instante, si no cumplen con los mandatos morales y con los roles esperados para las mujeres “buenas”. Lo mismo pasa con las reinas de belleza y con las mujeres no famosas que deben vestir máscaras para agradar a una sociedad que establece múltiples reglas y (o)presiones sobre nosotras. Por eso no es raro que en lugares de diversión de personas históricamente oprimidas como las discotecas gay gritemos a coro las canciones de Gloria Trevi o Thalía de tono reivindicativo y procaz con efecto catártico.

 

Hoy Google fotos me ha recordado mi momento Britney 2007. Espero que en las adversidades que estén por venir –porque es seguro que aún no hemos pasado por la que será, al final de nuestros días, la peor pérdida o el más grande dolor– pueda tener mejores herramientas para acompañarme. No quiero que ninguna mujer, que ninguna persona, pase sola por una situación difícil de salud mental. Hablar es importante, acompañarnos es importante, entender que también el acompañamiento de las amigas y familiares puede ser más responsable y empático. Escuchar, no juzgar, decirles a las personas que queremos que estamos ahí para ellas, no pedirles que le echen ganas ni invalidar sus emociones, son acciones importantes. También es clave alentar la búsqueda de apoyo profesional y la activación de protocolos de atención en casos más graves. Y seguir demandando del estado la atención a la salud mental de la población como una política pública fundamental.

 

Nunca más vamos a juzgar a una mujer por sus decisiones de vida sin comprender los motivos que la llevaron a tomar ciertos caminos. Cada persona está luchando contra quién sabe qué demonios, así que siguen siendo tiempos para preferir la empatía, el acompañamiento, el autocuidado, los límites personales y el afecto como principios.

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