Me compré un robot

- 29 de noviembre de 2018 - 00:00

Me compré un robot. Es un robot que aspira. Parte de la automatización de la cotidianidad. Más allá de la novelería de tener, pues, un pedazo de futuro en la casa, también está esa pequeña emancipación de las tareas domésticas. Pequeñas victorias que aligeran un poco la doble carga de quienes trabajamos desde casa y/o somos “amxs de casa”. Pero con todo, hay una buena razón por la cual suelen ser más comunes las distopías futuristas donde el conflicto es con las máquinas, más que utopías futuristas donde el conflicto es resuelto por las máquinas.

Porque la automatización no resuelve el conflicto. Como mucho, lo maquilla. Sin meterme en el debate más complejo sobre las repercusiones de la automatización en el mercado laboral, la promesa de la automatización de la cotidianidad siempre ha apuntado al bienestar humano. Pero es una promesa que nunca llega.

La carga que se aligera no cambia la exigencia de un trabajo donde no existen horas de salida ni fines de semana (por más que sea desde la casa). No cambia que mi pareja tenga que trabajar 60 horas a la semana. Tampoco cambia que ella, por su condición de mujer, tenga que ser el doble de buena en su trabajo (y lo es), para ser reconocida de la misma manera en que lo es un hombre que hace la mitad. No cambia que “trabajar como hombre”, lo que sea que eso significa, sea la mejor virtud que ven en ella.

En fin, la automatización no cambia las relaciones de poder. No cambia un sistema que busca crear las condiciones para que el que trabaje lo haga para poder consumir aquello que le permite trabajar más, para consumir aquello que le permite más. Son las trampas del capitalismo. Las pequeñas alegrías por tener un robot en casa y sentir la falsa emancipación de las cargas de la cotidianidad. (O)