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El Telégrafo
Sebastián Endara

Los límites de la mercancía

28 de junio de 2018 - 00:00

Es evidente que para el mercado, absolutamente todo tiene la posibilidad de convertirse en mercancía. Desde el más elemental hasta el más complejo producto de la acción y de la inteligencia humana puede ser comercializado. Y esto no constituiría problema alguno si no existieran cosas sobre las cuales, hasta el sentido común dice que comercializarlas sería un error. Por ejemplo, no se debería comercializar el amor de los padres, no se debería comercializar el respeto de los hijos. Muchas personas estarán de acuerdo en que no se deberían comercializar los principios ni la ética. Y definitivamente no se debería comercializar la muerte, y menos aún, la vida.

Y llegados a este punto sería interesante preguntarnos, ¿cómo es posible que hayamos sido capaces de permitir que se comercialicen aquellos elementos fundamentales para la vida? En el caso de los alimentos, para citar solo un caso, lo más patético es que ni siquiera comercializándolos, los campesinos pueden salir de la pobreza a la cual están confinados gracias a la extracción de plusvalía en la cadena de intermediación de un comercio que es por naturaleza injusto.

Si el desarrollo está medido en términos del aumento gradual de las capacidades humanas, ¿cómo no hemos podido, como sociedad, establecer mecanismos que nos permitan salir de la perversión a la cual nos somete el ordenamiento de la mercancía? Y con este cuestionamiento ni de lejos estoy negando las posibilidades de confort que nos permite el desarrollo tecnológico actual, pero sí cuestiono las condiciones de organización de la producción y de acceso a estos beneficios en la lógica actual del comercio.

Seguro es un claro indicador del fracaso de las ciencias humanas y sociales, y del fracaso del proyecto de sociedad que crea seres incapaces, no solo de advertir las contradicciones del sistema, sino de crear alternativas. Pero para eso sirve la comercialización del saber y la educación en este sistema; para crear mercancías con dos piernas y un título universitario que respondan a las necesidades de ese fetiche (de la mercancía). (O)

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