Libertad y pluralismo

- 26 de febrero de 2019 - 00:00

Toda la historia del liberalismo está atravesada por la concepción individualista de la sociedad, contraria a la antigua idea organicista de acuerdo con la cual “el todo es más importante que sus partes”. Esta concepción individualista supuso desde siempre la idea de que el antagonismo es fecundo. La pluralidad de ideas, de ideologías, de valores –incluso tendencialmente conflictivos entre sí– ha sido siempre vista como parte indefectible de la riqueza de la sociedad liberal.

En efecto, mientras el pensamiento utópico –desde la primera utopía “avant la lettre” de Platón–, como una de las especies del pensamiento organicista, rechazó siempre la presencia de conflictos internos (sea de ideas, valores, ideales, etc.), la teoría liberal, individualista, los vio siempre como un fenómeno fisiológico de la sociedad.

El pluralismo significaba, entonces, la libre competencia de ideas, la diversidad de ideales de vida, de concepciones acerca del bien, de planes vitales. Todo, a condición de que se garantice un límite: el “principio del daño”. Y un presupuesto: “la igual libertad” (y entonces la igualdad en los “puntos de partida”, no en los “puntos de llegada”, como querrían las teorías igualitarias).

El pluralismo como consecuencia de la libertad aparece ya desde el Renacimiento. Basta recordar a Giovanni Pico della Mirandola. En su celebérrimo “Discurso sobre la dignidad humana” (el así llamado “Manifiesto del Renacimiento”), él señala que los ángeles son ángeles, y no pueden ser otra cosa, lo mismo que las bestias.

Pero los hombres –dice della Mirandola– son seres del todo distintos, y entonces privilegiados, en la medida en que pueden elegir quiénes ser, cómo vivir, cómo realizarse. Idea que alcanzó también a la enseñanza universitaria. No hay que olvidar que el lema del Renacimiento científico de la Universidad de Padua rezaba “Libertas docendi et investigandi” (“Libertad de cátedra y de investigación”).

De allí que la idea del pluralismo como algo valioso, ineludible en cualquier sociedad que se precie de practicar la libertad, recorre toda la tradición clásica del pensamiento en la materia: de Locke a Smith, de Kant y Humboldt a Mill. Parafraseando a Bobbio: sin pluralismo, no hay liberalismo. (O)