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José Velásquez

La tiranía de la mayoría

09 de noviembre de 2020 00:00

Quizás nos hubiéramos ahorrado todo el circo electoral estadounidense si el sistema funcionara basado en la mayoría popular y no en el caduco modelo de los colegios electorales. Al momento de ser proyectado como ganador el sábado 7, Joe Biden tenía una ventaja aplastante de 4,2 millones de votos por encima del candidato Trump.

Los alegatos y las deliberaciones por un puñado de miles de votos lucen absurdos cuando la diferencia es abrumadora y se cuenta por millones. Pero la regla es así: quien gana el estado, no importa si es por mucho o por poco, se lleva la totalidad de los votos electorales asignados. Trump llegó a la Casa Blanca en 2016 gracias a que unas 80.000 personas entre Michigan, Pensilvania y Wisconsin se inclinaron por él y no por Hillary Clinton. La historia dice que, aunque Clinton ganó en menos estados, en el cómputo total superó a su rival en casi 3 millones de votos.

En el año 2000 George W. Bush venció a Al Gore con 537 sufragios en la Florida, y con eso se llevó el estado y la presidencia. A nivel nacional el candidato perdedor alcanzó una ventaja (inservible) de 550.000 votos.
¿Tiene sentido esta fórmula? Pues evidentemente nunca fue perfecta y hoy luce expirada. Cuando se redactó la Constitución no había partidos políticos en Estados Unidos. Lo que sí había era un país en formación y una democracia bosquejada. Los delegados a la convención constitucional de 1787 no estaban seguros si debería ser la legislatura la que escoja al presidente. La elección popular directa los asustaba, sobre todo porque temían que el sufragio se arraigue más en el norte y en la costa este y que terminen siendo las ciudades grandes las que decidan por las zonas más remotas. Alguien lo bautizó como “la tiranía de las mayorías” y es un concepto que resulta evidente incluso ahora cuando uno observa el mapa electoral.

Por ejemplo, en el estado de Michigan Trump ganó en 72 de los 83 condados. El gráfico muestra el mapa estatal pintado de rojo y salpicado en el sur y en el norte por algunas manchas azules, pero esos 11 condados donde están ubicadas las ciudades mayormente pobladas son los que le dieron la victoria a Biden en este estado. Y a nivel nacional es igual: California, Texas, Nueva York, Illinois o Florida son reductos electorales más apetecidos que los del interior como Arkansas, Alabama o Dakota del Norte.

Si el voto popular estuviera vigente, sin duda Estados Unidos hubiera tenido más presidentes demócratas, sobre todo por el respaldo urbano. Los republicanos encuentran su voto duro en el sur, en los estados del centro y en bastiones conservadores como Texas. Florida no es tan republicana como muchos suponen. De hecho, Biden ganó en los condados donde están Miami, Fort Lauderdale y Palm Beach.

En los últimos 30 años, los demócratas han obtenido más votos a nivel nacional que los republicanos, excepto cuando George W. Bush en 2004 aventajó con 3 millones de votos a John Kerry en su campaña de reelección. ¿A quién favorece entonces este enredado sistema electoral? No cabe duda que al partido del presidente Trump, que además tiene mayoría en la Corte Suprema. Esto quiere decir en buen romance que difícilmente cambiará el modelo de elección, al menos en el mediano plazo. Mientras tanto, el formato se presta para que la dualidad de los resultados reste cierta legitimidad al ganador legal y para que el conteo se extienda innecesariamente en ocasiones como esta, causando lesiones, profundizando la polarización y dando espacio a leyendas infundadas. (O)