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José Velásquez

La sombra de Emelec

16 de agosto de 2021 00:03

Era como si la vida me hubiera tirado un centro. Mi papá me llevó por primera vez al Modelo (hoy Alberto Spencer) y quedé deslumbrado con el vendaval de Torres Garcés, Miori, Lupo y el Bocha Armendáriz. Tenía ocho años y esa tarde mi vida quedó estampada de azul. Seguramente mi historia es muy parecida a la de otros hinchas cuando descubren ese amor para siempre.

Abrazar a mi papá con el balón en la red un domingo en el Capwell es el sol de mis recuerdos. Nunca me importó la derrota, ni ser minoría frente al vecino de barrio; solo me importaba la hermandad en la tribuna San Martín, devorar la prensa deportiva y sentir que pertenecía a un lugar y que, a la vez, ese lugar me pertenecía. Todo iba bien, hasta que un día se asomó por el palco Rafael Correa.

Supe de inmediato que era una pésima noticia. Ya Barcelona había tenido a un malabarista del latrocinio y la excentricidad enquistado cual tumor en su presidencia. Afortunadamente, fue un cáncer extirpado a tiempo. Pero en el caso de Correa no fue una invasión sino un coqueteo que, por tratarse de algo expresado públicamente, se convirtió en una suerte de sentencia. No me daba vergüenza Emelec pero me asqueó que la dirigencia de turno le respondiera a esa sonrisita pestilente con un guiño.

Y como el fútbol y la política se levantan y se hunden en el terreno de las pasiones, resulta al menos normal que el odio hacia el correísmo se endose al equipo. Emelec tuvo una década gloriosa pero desde el intestino político y futbolero, para siempre van a restarnos méritos. Que si Correa apuntó con el dedo para que aterrizaran auspicios estatales, que si Correa dispuso que la CFN y el Banco del Pacífico nos prestaran dinero, que si el estadio se amplió con fondos públicos. Esa afinidad entre Neme y Correa es un ejemplo enciclopédico del conflicto de interés: las preferencias personales del individuo por encima de la conveniencia general o institucional. Y el Emelec de Neme se dejó masajear los hombros con gusto. Incluso si desde la cabeza más ingenua alguien dice que no hubo tal ruta de ayudas, la sola sospecha de un favoritismo desde el poder nos deja salpicados de lodo.

Neme es un hombre de negocios y como buen comerciante atesora a sus mejores clientes. El problema es que la sombra de ilegitimidad oscurece a algo que es más grande que él, que su gestión y que su empresa. Es como jugar con el apellido o con el legado de los abuelos porque las malas compañías son lo que son y con ellas llega, entre otras cosas, el desprestigio.

No importa si nos asiste la legalidad: según el portal del Servicio de Rentas Internas, Emelec ha pagado más impuestos que Barcelona y Liga de Quito juntos en los últimos 10 años. Igual la leyenda negra es que no se ha pagado nada. Tampoco sirve el criterio de la justicia:  el 23 de junio la Corte Constitucional dejó sin efecto una sentencia de septiembre de 2012 que obligaba a Emelec a pagar una millonaria cifra al Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas por el uso del Complejo Deportivo de los Samanes. Los odiadores de Emelec y/o de Correa nunca nos darán el beneficio de la duda y nos seguirán tildando de morosos.

Espero que la mención del presidente Lasso, cuyo uno de sus asesores cercanos es un patán insultador y aficionado tóxico de fútbol, nos devuelva la perspectiva. Nunca se acepta nada desde el poder, sin importar si es por la izquierda o por la derecha, porque nos resta independencia. Celebro que se muestren comprobantes de pago pero sería mucho mejor invitar a que se haga una auditoría profunda y pública. Y de paso habría que ir pensando en una transición que termine de limpiar todo rastro de sospecha.

Resulta complejo compararse con el Estrella de Bucarest, campeón de Europa, aupado por el genocida dictador rumano Ceausesco, o con el América de Cali que llegó a tres finales de Copa Libertadores de la mano de los dineros del narcotráfico. Pero tampoco hay que invisibilizar la mano de un presidente que manoseaba todo lo que le gustaba y disgustaba. Emelec no necesita ser joya del populismo ni ahijado de una mafia. Y si los dirigentes no lo entendieron, es momento de elegir entre seguir al mecenas truculento o a la institución a la que tienen el enorme privilegio de servir.  Al fin y al cabo, no hay mejor victoria que el buen nombre.

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