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El Telégrafo

La poética ante el espasmo cotidiano

22 de abril de 2011 - 00:00

La literatura desacraliza la conducta humana. Es el espasmo de la palabra perfecta escogida en el fragor del acto creativo, en la lucidez del fugaz espacio solitario. Es la recurrencia de los sentidos, la metástasis de lo subjetivo y la exteriorización de las emociones profundas.

Cada autor/a emite un mensaje cuyo contenido se origina de los destellos vivenciales, experiencias, secretos, decepciones e ilusiones. Una vez alumbrado al público lector, aquel recado literario ya no le pertenece exclusivamente a ese creador/a, sino que su voz se universaliza, se socializa en su integralidad.

Varios géneros literarios van encauzando las ideas originales, las miradas descriptivas, el encantamiento con las letras del abecedario, la llama encendida por la inspiración y el delirio del orfebre de la palabra. He ahí la irrupción del discurso poético contenido desde los albores del hombre, desde la génesis de la creación en sus diversas maneras de interpretación y hallazgo histórico. 

La poesía, entonces, regocija el escaso ánimo de los penitentes, agita el fuego de los pecadores, aletarga el sacrificio final. La tristeza aparece entretejida en el verso, en la multicolor mirada del ser. La poesía se embellece con la percepción y luminosidad femenina. El eros se expande en el papel, así como las sábanas moldean los cuerpos apretujados hasta el amanecer. La palabra escrita fluye desde el torrente del erotismo, de la pasión que emana el amor, del padecimiento que se desprende del desamor.

La poesía contiene la fuerza onomatopéyica, la cadencia de los mares perdurables, la energía telúrica de nuestros ancestros y viejos tótems, los fantasmas y designios de la urbe en el suplicio cotidiano, la reconquista de los laberintos inútiles, la timidez del náufrago sin piélago, el corazón lacerado ante la indiferencia y el olvido, la remembranza de los rostros infantiles, la nostalgia adolescente, la decepción amatoria tras el refugio con la piel afiebrada, la inevitable cita con la vida y, desde luego, con la muerte.

La poesía rehúye la presencia de los estúpidos sin alma, increpa la desnaturalizada forma de asumir los códigos sociales, no tiene concesiones con la banalización contemporánea. Al contrario, abre paso a la luz, al verbo y a la ensoñación.  Al regocijo común de los días. Como asevera Juan Gelman: “La poesía es un oficio ardiente en el cual uno trabaja mientras espera que se produzca el milagro del maridaje feliz de la vivencia, la imaginación y la palabra”.

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