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Alicia Galárraga

La Lagartera

29 de noviembre de 2020 00:00

Mi nombre es Fernando Orozco. La semana pasada narré una parte de mi propia historia. El fin que persiguo al hacerlo, es que las nuevas generaciones conozcan que en Ecuador se criminalizó la homosexualidad  hasta noviembre de 1997, gracias a la vigencia del artículo 516.

El artículo 516, en la práctica, permitía que el propio Estado ecuatoriano cometa violaciones de derechos humanos contra sus ciudadanos. ¿El motivo? el simple hecho de no calzar en la “normalidad” hombre-mujer/masculino-femenino. La brutalidad del artículo 516, la sufrí en carne propia en más de una ocasión: fui torturado, encarcelado y vejado.

En la historia que comencé la semana pasada, mis secuestradores me trasladaron con los ojos vendados a bordo de un patrullero y me llevaron hasta el Cuartel Modelo. Cuando llegamos me quitaron la venda de los ojos y me ingresaron por la fuerza a sus oficinas.

Uno de los policías que me abordó inicialmente redactó un parte falso. Antes de legalizarlo, me pidió dinero. Yo era un estudiante de veintidós años, no trabajaba y lo único que tenía en mis bolsillos era el pasaje para la buseta.

Me encarcelaron en un lugar llamado La Lagartera. La Lagartera era una celda donde estaban quienes habían cometido contravenciones; pero también había delincuentes peligrosos de todo tipo: asaltantes, asesinos y vendedores de droga.

Con esta gente peligrosa me mezclaron. Era completamente inverosímil lo que me estaba sucediendo. No sé cómo no enloquecí en ese mismo instante. Si eres delincuente, estás preparado mentalmente para asumir ese destino. Pero yo no había cometido ningún delito. Mi pecado era ser abiertamente homosexual. Y por eso me encerraron.

Ni bien ingresé, fui la burla de todos los detenidos:

-¡Llegó carne fresca!-les anunció el policía con un grito.

Los presos respondieron con carcajadas estruendosas y enajenadas. No recuerdo más. Me desperté desnudo y sangrando por mi parte íntima. El caporal de La Lagartera me había violado. Él y los demás presos se las habían ingeniado para fabricar armas cortopunzantes. Con ellas me amenazaron y me agredieron.

Gracias a mi padre, que en paz descanse, salí de la Lagartera. Sin embargo, no fue la última vez que lo hice. En las oscuras décadas de 1980 y 1990 mi delito fue ser homosexual. (O)