El Telégrafo
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Ecuador/Vie.17/Sep/2021

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Rosalía Arteaga Serrano

La dureza de la migración

07 de septiembre de 2021 00:37

Aviones llenos de migrantes, la mayor parte jóvenes, también muchas mujeres, viajan tensos, no hay esa alegría que suelen producir los viajes de turismo. Tratan de llegar a México antes de la exigencia de la visa que se puso en vigencia a partir del cuatro se septiembre.

El bolígrafo se les queda pegado en la mano, el sudor les delata, llenan el formulario para ingresar al país que les servirá de puerta de entrada en ese tránsito angustioso hacia el país del norte. Piden ayuda a los vecinos de asiento en el avión que hace escala en Panamá para luego depositarlos en tierra mexicana, en donde empezará la aventura que muchas veces tiene un fin trágico.

Se han comprado zapatos nuevos, también una casaca, seguro es parte de los esfuerzos que hace la familia. En estos tiempos se ha multiplicado el número de emigrantes ecuatorianos, empujados por la necesidad, por la esperanza de conseguir el trabajo que en la tierra propia les resulta tan esquivo.

Colocan todos los ahorros para forjarse el camino que creen les conducirá hacia esa especie de tierra prometida; se han endeudado, han vendido las tierras familiares, en búsqueda de una quimera, empujados por sus propios sueños pero también por la codicia de los coyotes que les pintan escenarios irreales que luego son defraudados por ellos mismos, cuando incumplen las ofertas y los colocan ante riesgos descomunales.

Intento una conversación con el chico que va en el asiento contiguo, le pregunto si viaja en un grupo grande, me dice que son dos, él y un amigo que le acompaña. No me atrevo a preguntar más, es evidente que el turismo no está en su hoja de ruta, sino un destino mucho más arriesgado. Ha llegado al casillero del hotel, no sabe qué poner y echa un ojo al nombre que yo he anotado.

Mira ansiosamente por la ventanilla del avión, ve las nubes allá abajo, las manos están crispadas se agarran entre sí, da un respingo cuando a través del micrófono anuncian que el descenso ha comenzado. Adivino el rictus que la mascarilla esconde. Mi compañero de asiento, como el ochenta por ciento o tal vez más, de los ocupantes de este vuelo con destino México, sienten el sabor de la incertidumbre y la fatalidad que les empuja hacia ese futuro indescifrable, plagado de sacrificios, de dolores, de muertes…

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