Indignación con Bolsonaro

- 25 de agosto de 2019 - 00:00

El Amazonas es el pulmón del mundo, que produce una quinta parte del oxígeno global. Ese pulmón es presa de incendios de dimensiones no vistas desde hace años. El presidente de Brasil está en el blanco de la crítica internacional porque, con su agresiva retórica, mueve a la gente a recurrir a las armas o a prender fuego; porque, como presidente, urde teorías de conspiraciones, despide a renombrados científicos cuando sus publicaciones no le agradan y rechaza cualquier injerencia en asuntos nacionales. Seguro, la crítica es justificada. Pero ¿sorprende realmente la retórica de Bolsonaro? ¿Qué otra cosa cabía esperar de un populista como él? Mientras más se caldee el ambiente, mientras mayor sea la indignación, menos dispuesto a conversar estará este gobierno. Eso no puede corresponder al interés de la comunidad internacional.

¿Qué se propone hacer esa comunidad internacional, aparte de indignarse y compartir compungidos trinos con el hashtag #PrayForTheAmazon?

Justamente ahora arden las llamas en diversas partes, pero la destrucción de la selva avanza imparable desde hace tiempo; a veces en forma más lenta, ahora de nuevo de manera más rápida, pero sostenidamente. Y no solo se trata de ganar terrenos agrícolas para el ganado o el cultivo de soja. Desde hace años ha vuelto a aumentar la cantidad de minas ilegales de oro. Gigantescas represas se han levantado en la última década solo en la Amazonía brasileña. Hasta 2030 han de ser más de 20; son proyectos que fueron aprobados durante el gobierno del izquierdista Luiz Inácio “Lula” da Silva, entre ellas represas de dudosa eficiencia energética que tienen un gran impacto en el ecosistema y cuya construcción supone inundar áreas completas.

La destrucción de la Amazonía avanza inexorablemente hace mucho. Las sanciones no servirán. Al contrario: congelar o incluso eliminar fondos de protección de la selva y el clima, como anuncian Alemania y Noruega, le hace el juego al gobierno de Bolsonaro y a los intereses de la industria agropecuaria. Y debilita a las personas e iniciativas que defienden la selva. De su gobierno, nada pueden esperar. Los fondos públicos destinados a medidas de protección ambiental y climática se redujeron ya fuertemente en 2018. (O) Tomado de la DW

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