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Ecuador/Mié.2/Dic/2020

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Humillar, el arte del cobarde

19 de octubre 00:00

Humillar es cobarde, primero, porque es un acto injusto. Se dice mucho en esa famosa red social que todos visitamos para ver si un día encontramos algún trabajo (Linkedin), así como para adobar el clima social en las empresas: se corrige en privado y se felicita en público ¿no? Ya que cualquier llamado de atención, digamos públicamente, puede dejar en vergüenza a quien haya sido corregido. Ahora, ni se diga si se reduce un ser humano a menos que un animal con la dizque intención de aleccionar. A todo esto, ¿Quiénes nos creemos para “llamar la atención”, corregir o en el mejor de los casos aconsejar a otros?

Recordemos el evento de la semana anterior en el cantón Durán, donde unos cuantos oficiales municipales, llamados “metropolitanos”, abusaban psicológica y físicamente de una comerciante informal con capacidades especiales. Con este aciago evento vemos que aquí parece que tener algo de autoridad significa abusar de esta con los pobres ciudadanos, ahora no solo víctimas de delincuentes, sino de uniformados.

Parece que esta gente con uniforme nunca vio El Hombre Araña. Allí, en una comiquita de niños, se sostiene como argumento principal que tener el poder no va desligado de la responsabilidad. De lo contrario eres un villano.

¿Cómo sabemos si los que gozan de autoridad, con uniformes, mandiles, plumas o esferos son villanos o héroes? Queda como pregunta abierta.

Tengan por seguro que si a cualquiera de nosotros se nos otorga una cuota de poder, deberemos hacer lo posible para no abusar de él, en una suerte de lucha interna con los demonios propios. Por lo tanto, es un ejercicio ético lidiar con ello si por coincidencia el poder nos enviste.

Ya hemos visto cómo policías, agentes de tránsito, políticos, etc., han hecho del poder una herramienta para abusar de los demás.

Lo aprendido hasta aquí: no debemos humillar a nadie bajo ningún concepto. Sin embargo, algo queda como responsabilidad nuestra: aprender a hacernos respetar y no importa de quién. Para que eso sea posible, la ley debe permitir que los ciudadanos tengan la libertad de defenderse de cualquier abuso de poder.